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XI. Fassbinder y Franz Biberkopf cara a cara |
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“En todas las quimeras de Rainer Werner Fassbinder, todos los postes indicadores conducen a Franz Biberkopf, el triste héroe de Berlín Alexanderplatz” |
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Harry Baer |
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En el episodio de Alemania en Otoño (1978), vemos a Rainer trabajando en el guión de Berlín Alexanderplatz, monumental serie de televisión de catorce episodios con una duración total de quince horas y media que comenzó a rodarse en junio de 1979 y concluyó en abril de 1980. Se trataba de su proyecto más personal y largamente acariciado, además de convertirse en la producción más cara de la historia de la televisión germana (13 millones de marcos) llevada a cabo por la WDR. Previa a la versión fassbinderiana, Phil Jutzi, cineasta alemán muy próximo al movimiento socialista y admirado por Fassbinder (su Viaje a la felicidad de Mamá Küsters homenajeaba -a pesar de ser muy distinta- a la obra que Jutzi realizó en 1929 bajo el titulo Viaje a la felicidad de Mamá Krausen), dirigió en 1930 una película de 90 minutos de duración sobre la novela homónima de Alfred Döblin, quien también participó en el guión. Aún gustándole, Rainer consideraba que el Berlín Alexanderplatz de Jutzi no llegó a captar fielmente el espíritu del libro. |
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Fassbinder tenía catorce o quince años cuando adquirió su primer ejemplar. Salvo raras excepciones, los libros no solían hacer mella en él y la novela de Döblin sobre el mundo marginal del Berlín de finales de los años veinte le aburrió al principio, aunque siguió leyéndolo y acabó por hacer suya la historia de aquel relato. En la época del rodaje de la serie, recordando su primera lectura, afirmó que sin ella su vida habría sido “diferente en varios aspectos porque llevo a la novela de Döblin en mi mente, en mi carne, en todo mi cuerpo y en mi alma”, liberándole “de unas angustias y tormentos que casi me paralizaban, del temor -dados mis anhelos homosexuales- de ceder a mis necesidades reprimidas. Aquella lectura me ayudó a no desesperar, a no convertirme en un ser malsano y absolutamente artificial: me ayudó a no hundirme”. Cuando volvió a releerla a los diecinueve años, “casi tuve que taparme los ojos y los oídos al descubrir cada vez con mayor claridad que una gran parte de mí mismo, de mi conducta, de mis reacciones, de lo que yo había creído ser hasta entonces, no era otra cosa que lo que Döblin describía en Berlín Alexanderplatz. Sin darme cuenta, yo había convertido la ficción de Döblin en mi propia vida”. |
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La serie Berlín Alexanderplatz es una obra impresionante de principio a fin caracterizada por una narración sencilla y directa donde supo recrear con gran acierto el ambiente de la época a través del vestuario, el atrezzo y los interiores. Nunca el naturalismo del cine fassbinderiano llegó a cotas tan sorprendentes como en esta serie, por la que desfilaron sus actores más representativos (Gunter Lamprecht, Gottfried John, Hanna Schygulla, Margit Carstensen, Barbara Sukowa, Brigitte Mira, Hark Bohm, Ivan Desny, Annemarie Düringer, Elisabeth Trissenaar, Irm Herman, Harry Baer, Adrian Hoven, Udo Kier, Gunter Kaufman, Katrin Schaake, Karl Scheidt, Volker Spengler... ). Todos ellos junto a los técnicos de esta filmación maratoniana (el rodaje tenía una duración inicial de doscientos días que se redujeron finalmente a 154) exhibieron un comportamiento disciplinado y sumamente veloz que dejaba atónitos a los periodistas, artistas e intelectuales que pasaban por el set. El director de fotografía Xaver Schwarzenberger -que trabajaba para él por vez primera-, recuerda que “la actitud de Fassbinder era la de un atleta olímpico que busca la medalla de oro: no podía mantenerme a la par de él. No fue hasta la tercera semana cuando disminuyó el ritmo hasta igualar el más veloz que yo era capaz de alcanzar. Entonces comprendí que su arremetida inicial contra mí había sido una prueba y yo aparentemente la había aprobado”. |
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Aparte de los malos tratos inflingidos a Günther Lamprecht, el ambiente creado por Fassbinder en el set para los sesenta integrantes del equipo técnico, los noventa y siete del elenco y los seis mil extras estuvo organizado alrededor de toda clase de actividades recreativas para las horas de ocio durante el largo rodaje: había bowling los lunes, fútbol los martes, cine los miércoles, fiestas los jueves, y los viernes aceleraba el trabajo para terminar temprano y así prolongar algo más los fines de semana, aprovechados para organizar excursiones a Paris, Amsterdam y otras ciudades. Fassbinder participaba de todas estas actividades, pero sobre todo de las futbolísticas, ya que el fútbol era su gran pasión, una pasión que se acercaba al fanatismo: formó un equipo que capitaneó al que llamó FC Alexanderplatz, demostrando a pesar de su gordura una energía increíble en el campo de juego. El crítico cinematográfico Daniel Selznick visitó el set en octubre de 1979 y escribió un articulo para el International Herald Tribune bajo el titular “Fassbinder: el cerebro que no se detiene” en el que describía aquel ambiente: |
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“Munich. En un escenario a prueba de ruidos de los Estudios Cinematográficos Bavaria, un complejo moderno rodeado por jardines en las afueras de Munich, dos actores ocupan el centro de la escena, recreación exacta de un apartamento berlinés de finales de la década de 1920. Fassbinder, un hombre de mediana estatura con anteojos oscuros, campera corta de cuero, los faldones de la vieja camisa colgando por fuera de los tejanos hechos jirones, toma su encendedor para encender el enésimo cigarrillo y pide a los actores que pongan más pasión en el diálogo. Lo intentan... El director se declara satisfecho con un seco “danke”. A los treinta y tres años, Rainer Werner Fassbinder es algo más que la nueva esperanza del cine alemán contemporáneo. Su película reciente, El matrimonio de Maria Braun, ha sido la más taquillera dentro de la propia Alemania en los treinta y cuatro años de la posguerra. Esto es algo que las películas anteriores de Fassbinder, festejadas por la crítica de Paris, Nueva York y Tokio jamás habían logrado. Las amargas lágrimas de Petra von Kant, una obra escrita por él (actualmente representada en los teatros de Paris) y filmada hace años es parte del programa de estudios de Historia del cine junto con las de Eisenstein y Fellini que se dicta en la Universidad de Harvard. Effi Briest, Todos nos llamamos Alí y Atención a esa prostituta tan querida se exhiben en pequeños cines de ciudades norteamericanas y europeas que antes rechazaban cualquier producción alemana, fuese oriental u occidental. En este momento Fassbinder está muy resfriado: “Prohibido enfermarse”, dice con aire belicoso, como si se negara a aceptar la vulnerabilidad de su propio organismo: “El plazo de 200 días es muy estricto”. En el set, Fassbinder consulta su guión, encuadernado en cuero negro. Unos cuadrados en los márgenes indican las composiciones de los cuadros, con flechas que señalan el movimiento de la cámara. Resuelve filmar la continuación de la escena antes del “segundo desayuno”, un rito cotidiano en el que comen fiambre o dulce hogareño traído por un miembro del equipo (esta mañana comen ‘sachertorte’). El ambiente es el de un teatro de repertorio: la mayoría de los actores han trabajado con Fassbinder, saben que les exigirá: “Es uno de los nuestros”, susurra Hanna Schygulla, estrella de muchas de las películas de Fassbinder, entre ellas Maria Braun. Lo que quiere decir es que Fassbinder ha sido y todavía es actor. No sólo aparece con frecuencia en sus películas (a veces en papeles protagonistas), sino que interpreta los distintos personajes en el set para enseñar a los actores a hablar el dialecto berlínés de la época y dar así la entonación correcta. Por las tardes y durante los fines de semana, la compañía se reúne a jugar al fútbol, el deporte preferido del director. Hace quince días, el equipo de rodaje pasó un fin de semana en los Alpes italo-austríacos con todos los gastos pagados... Fassbinder considera que el aspecto más importante de su película es el desarrollo de la relación entre Franz y Reinhold: “Es una relación erótica, pero no sexual”, explica con claridad (...) La verdad es que Fassbinder está obsesionado por el problema de que las personas nunca llegan a comprenderse del todo debido a su propia naturaleza compleja y los convencionalismos sociales. Sus películas, de tono deliberadamente frío, revelan que la ira bulle no lejos de la superficie, invitando a los espectadores a compartir su visión de una sociedad intolerante, corrupta y mendaz”. |
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Berlín Alexanderplatz, apenas salida de la sala de montaje, fue exhibida en diez episodios durante el Festival Cinematográfico de Venecia de 1980, donde fue cubierta de elogios por la crítica. Sin embargo, la sola emisión del primer capítulo en la televisión alemana (la serie se emitió los lunes en horario de “prime time”) levantó una espectacular polémica en la que muchos exigieron su retirada de la parrilla televisiva. Así lo recuerda Harry Baer: “La revista Bild acusa a Rainer de exponer en imágenes una orgía de expresiones absurdas y sexo de mal gusto. Padres de familia escriben a los periódicos en nombre de la nación. La iglesia católica recoge listas de firmas. Uno de los pocos comentarios que dejan sin habla a Rainer es el siguiente: “No se trata solamente de una infamia, sino de un intento de agitar al pueblo”. Él, que nunca ha especulado con el gusto de su tiempo, a quien invectivas y panfletos solo arrancan una sonrisa de cansancio, y que por el contrario está orgulloso de saber provocar espuma en los labios de sus adversarios y que reacciona con una cólera vital ante los agitadores políticos, se siente realmente destrozado durante un par de semanas. Su obra central, la obra de su vida, la fiel interpretación de la novela (que para él significa la realidad de su propia vida) no es reconocida ni comprendida”. Va a ser precisamente Harry Baer la persona que cierre el presente capítulo recordando anécdotas de aquel rodaje: |
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“En todas las quimeras de Rainer Werner Fassbinder, todos los postes indicadores conducen a Franz Biberkopf, el triste héroe de Berlín Alexanderplatz. En su primera película, El amor es más frío que la muerte, Rainer interpretaba a un Franz. En Dioses de la peste yo era exactamente Franz Biberkopf, así como él volvió a serlo en La ley del más fuerte. Una y otra vez sus personajes se llaman Franz, y como montador elige el seudónimo de Franz Walsch. Rainer Werner Fassbinder se identifica con este Franz Biberkopf, que es quien le gustaría ser y describe círculos concéntricos en torno a él en cada película. Sin embargo, del mismo modo que en la novela el perturbador Reinhold va adquiriendo más y más poder sobre el alma de Biberkopf, tampoco Rainer puede expulsar de su interior a ese personaje dominante. Nosotros, los modelos vivos que le servíamos para las diferentes proyecciones de su alter ego, éramos solo sombras en comparación con la vida que le infundían los dos personajes indivisibles de la novela. Y cuando por fin comienzan los preparativos para Berlín Alexanderplatz como serie televisiva de catorce episodios, Rainer parece casi destrozado por las dos almas que cohabitan en su pecho. El solo hecho de tener que ocuparse del reparto ya supone una ofrenda ritual. Parece nervioso e indeciso, pero sobre todo infeliz. Nunca le he visto así antes de un rodaje. ¿Teme que le falten los ánimos para rodar quince horas y media de película en diez meses? Sus titubeos me impulsan a formularle una pregunta muy ingenua: “Dime, ¿por qué haces esta película?”. Y obtengo la sorprendente respuesta: “Quiero saber quién es en realidad el tal Reinhold. Tengo que averiguar el origen de su poder sobre Biberkopf. De hecho, me gustaría interpretar yo mismo a Reinhold para saberlo de una vez”. En este caso Fassbinder tendría que verse a sí mismo desde fuera; solo entonces averiguaría algo sobre Reinhold, pero prefiero reservarme tan sabia conclusión. Verle luchar consigo mismo ya es bastante penoso. Ha ahondado tanto en Biberkopf que ya podría dibujarlo con la mano izquierda. Reinhold en el otro platillo de la balanza es la tentación demoníaca. Y encima, como director, tiene que mantener la balanza en equilibrio. No le queda ninguna alternativa: tiene que entregar a los sacrosantos compañeros de sus luchas espirituales, abandonarlos en manos de un actor profesional para quien en el mejor de los casos será solo un papel gratificante. Y cuando por fin elige a Günter Lamprecht como Biberkopf y a Gottfried John como Reinhold, quedan establecidos los flancos psicológicos. Acecha a John durante la puesta en escena y castiga con su frialdad durante los diez meses a Lamprecht porque le ha robado a su propio Yo (...) El hecho de que Lamprecht, crecido en las tabernas de la Alexanderplatz y muy ducho en rudas peleas, no dé una buena paliza a Rainer nos llena de asombro, y quizá más que a nadie al propio Rainer, quien por lo menos de este modo se habría acercado más a su Biberkopf. |
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Media parte en Berlín Alexanderplatz. La “Fiesta de la cima”, introducida por Rainer hace ya varias películas, resulta especialmente reparadora en esta producción maratoniana. Ya hemos recorrido medio camino y alcanzado la cumbre. El hecho de poder celebrar esta fiesta bajo el mando de una empresa tan oficial como la Bavaria y de que se haya incluso erigido un plató con guirnaldas y toda clase de adornos le llena de orgullo. Entonces se sienta en un trono patriarcal entre su pueblo, escucha con benevolencia alguna queja o crítica, e incluso Gunter Lamprecht recibe unas migajas de la mesa paterna. Y vuelve la vida cotidiana (...) En esta película emplea más a fondo su ojo fotográfico, de un modo mucho más privado, más íntimo, y obliga a Xaver Schwarzenberger a abrir las puertas. A éste, en cambio, le molesta un plató “en salsa”, es decir, solo iluminado por una luz general. Así, dice Rainer: “Quiero ver qué piensa la gente, quiero verlo en sus caras. Por eso no me gusta que todos los detalles se encuentren en último término. También me gusta, sin embargo, que los personajes se muevan en la penumbra..., como en la vida real”. Muchas escenas brutales se desarrollan casi tímidamente en la sombra, como si solo quisiera enseñar al espectador una parte del mundo de la Alexanderplatz y dejar el resto a su fantasía. Y esto fue la causa de que en millones de hogares alemanes se intentara graduar la luminosidad de los televisores, porque la gente creía que se les habían estropeado, sobre todo si los aparatos eran en blanco y negro, en los que nosotros no habíamos pensado y que ahora emitían una producción de un “negro en un túnel”. |
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Finalizamos este capítulo aclarando que, en su origen, el proyecto televisivo de Berlín Alexandreplatz preveía una versión cinematográfica protagonizada por un elenco internacional que incluiría a Gerard Depardieu en el papel de Franz Biberkopf, Fassbinder como Reinhold, Isabelle Adjani, Charles Aznavour, Jeanne Moreau, Andrea Ferreol y Martin Balsam. Obviamente no llegó a realizarla porque se gestó en la época de Maria Braun y los altercados que tuvo con Michael Fengler impidieron su realización (recordemos que a raíz de los problemas con Fengler, Alexanderplatz pasó a manos de la Bavaria Atelier). |
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A mediados de 1979, Rainer conoció a la que sería su última pareja “estable”, esta vez femenina, fiel compañera inseparable hasta su muerte en 1982: su montadora Julianne Lorenz. |
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