DIETER: En el año 1971 Fassbinder realizó una sola película, El mercader de las cuatro estaciones. Tu participaste en ella, ¿en qué aspecto?
BAER: En todos.
DIETER: Como una chica para todo. ¿También como actor?
BAER: Sí, en un papel minúsculo. Acababa de llegar a Munich cuando se cruzó en mi camino y dijo: "Hagamos una película". Aún no tenía ni el título... A los pocos minutos mi piso se convirtió en oficina de producción y poco después rodamos esta película.
DIETER: ¿Y también la dedicó a alguien, como hizo con las otras?
BAER: La película era... En realidad es una historia que sacó del seno de su familia. Él mismo declaró en una entrevista que El mercader de las cuatro estaciones era para él un nuevo comienzo.
DIETER: Episodios o una serie de historias diferentes.
BAER: Exactamente. Es la historia de un pariente, un tío suyo que trabajaba en el Correo de Baviera, o sea un hombre de derechas, introduciendo como siempre en la trama la explotación de los sentimientos, que tanto le impresionaba. Sus películas nunca carecen de algo que tiene que ver con él personalmente.
DIETER: La explotación de los sentimientos la volvemos a encontrar en las producciones posteriores; es el tema constante, el elemento dramático de todas las historias filmadas y escritas por Rainer. La explotación de los sentimientos no es solamente un trauma para él porque cree haberla sufrido, sino que es posible que entretanto esta explotación se endureciera y fortaleciera tanto que este tema fundamental llegara a convertirse en una neurosis forzosa para todas las producciones, precisamente porque él ya no era solamente la víctima sino también, en muchísimos casos, el...
BAER: En
efecto.
DIETER: Entonces llegamos al año 1972. Una gran película, Las amargas lágrimas de Petra von Kant... Una película que fue muy bien acogida por la crítica, una película muy bien realizada profesionalmente, como todos coincidieron en señalar, sin aires ya de cineasta joven, sino técnicamente perfeccionada, muy meditada, muy verosímil...
BAER: Además, hay que añadir que él tenía, como ningún otro cineasta del país, la posibilidad de aprender de los errores de la última película, porque ahora era verdaderamente el único que disfrutaba de una continuidad en su trabajo y podía realizar películas de técnica cada vez más perfecta. Los defectos, que a pesar de todo existían, ¡qué sé yo!, podían considerarse menos evidentes en cada producción.
DIETER: A este respecto es asombroso que en la película Las amargas lágrimas de Petra von Kant, donde Rainer pone por primera vez de manifiesto que en su vida sentimental se identifica con la problemática de las mujeres de forma muy intensa, no haya dicho que se siente femenino, sino que en las cuestiones sentimentales atribuye más credibilidad a la mujer, y no sólo en la película...
BAER: No es credibilidad; se trata de su convicción de que es más fácil contar historias con personajes femeninos porque las mujeres son más transparentes y ofrecen más posibilidades de relatar algo que los hombres, aunque sea Petra von Kant..., a la que sólo tienes que dar la vuelta para saber quién es quién en la película.
DIETER: ¿Qué opinas tú, Harry? ¿Fue esa película un elogio de Rainer Werner Fassbinder a Rainer Werner Fassbinder, o en este caso un elogio a su madre?
BAER: Sí, ante todo fue un truco genial para contar cosas sobre sí mismo sin que nadie lo advirtiera... porque nadie lo advirtió.

Rodaje de "Las amargas lágrimas de Petra von Kant"
DIETER: (...) Tú no participaste en la película para televisión, realizada en 1975 Sólo quiero que me ames, una película clave (la historia de Peter, que compra el amor de sus seres queridos a base de regalos...).
BAER: Sólo quiero que me ames fue un intento de decir: "Os voy a demostrar que puedo trabajar con otros actores", y lo hizo, con excepción de Armin... sí, creo que fue el único.
DIETER: ¿De modo que organizó un grupo totalmente nuevo de actores, rompiendo así con la llamada fidelidad tribal?
BAER: Con ello quería probarse también a sí mismo que el asunto funcionaría.
DIETER: Así pues, una tentativa de disolver a la gran familia. Pero lo esencial de la película Solo quiero que me ames es que se trata de -y creo que en este caso puede decirse de verdad- una película pensada exclusivamente para sí mismo y por cierto, si no recuerdo mal, no para satisfacer un ansia de venganza, sino para comprender de una vez con claridad por qué nunca fue acogido con cariño por su familia.
BAER: Éste es el motivo de la película.
DIETER: Y también la reconciliación, porque ya había perdonado a su madre.
BAER: A su madre sí, pero a su padre jamás.
DIETER: En la película se ve claramente, y se tiene por primera vez la sensación de que quería poner fin a esta situación infantil que tanto le hacía sufrir, porque le trastornaba el deterioro de sus relaciones familiares. Tomó partido en favor de su madre y elaboró la rotunda figura de un enemigo, que en este caso era su padre, por muy justificada o injustificada que fuera su actitud... Ahora debemos interrumpir, si me permites, el análisis de la obra cinematográfica de Fassbinder, porque de lo contrario abrumaremos al lector con un exceso de argumentos y problemáticas en torno a su cine. Volvamos, pues, a las relaciones de Harry Baer con Fassbinder y viceversa. Una pregunta es obligada: ¿Resulta doloroso para ti ahora, dos meses después de la muerte de Rainer, ser interrogado sobre tantas cosas relativas a su vida, a su alma, a sus problemas, deseos y temores? ¿No tienes la sensación de...?
BAER: ... de ser explotado?
DIETER: No, de que tú mismo te explotas, de que las tripas se te revuelven al tener que pasar revista, en un tiempo tan breve, a nada menos que quince años de tu vida.
BAER: Hay desde luego una sana parte de ambición en ello que, sin embargo, no podría compararse con la de un deportista; es sólo que al rememorar toda esta historia, que ha ocupado casi la mitad de mi vida, reconozco también en mí un par de cosas que tal vez, si todo hubiese continuado igual o Rainer siguiera vivo, se me habrían ocurrido al cabo de diez años o quizá nunca, no lo sé con exactitud.

Fassbinder junto a Michael Ballhaus durante el rodaje de "Solo quiero que me ames" (1976)
DIETER: ¿No tienes la sensación de que estás hablando de las cosas más sagradas que hay en ti, que las revelas a través de esta entrevista analítica e intelectual, y de paso aireas una amistad profunda y viva?
BAER: No, porque Rainer habría hecho lo mismo en el caso contrario. Con la única diferencia de que mi muerte habría llamado menos la atención que la suya.
DIETER: Tú eres...
BAER: Es seguro que, de ser interrogado, él habría contestado de un modo que a mí no me habría molestado en absoluto.
DIETER: (...) A guisa de nota complementaria, digamos que la crítica acusó a Rainer de hacer una apología del terrorismo en La tercera generación, aunque no fue en absoluto intencionada (la película sostenía la provocadora tesis de que el capital, con el beneplácito del Estado, ha inventado el terrorismo para estar mejor protegido).
BAER: No sólo no fue intencionada, sino que precisamente en La tercera generación... Bueno, nunca disimulamos nuestra profunda simpatía por la primera generación de Baader y Meinhof, pero al mismo tiempo pusimos de manifiesto en esta película que las generaciones siguientes -la segunda generación son los abogados que defendieron a la primera, y los componentes de la tercera generación fue un producto del entorno de esos abogados- han sido impulsadas en parte por un afán de aventura y lo señalamos de forma inequívoca, como también que tal vez el estado podía tener interés en la existencia de este problema e incluso financiarlo o hacerlo posible. Se trata de una posición clara que no tiene nada que ver con una apología de la violencia.
DIETER: A este respecto, habría que aclarar una vez más que los actos violentos con motivación política no encontraron ningún eco con el compromiso político de Rainer Werner Fassbinder quien, por el contrario, sólo quería demostrar que tales actos pueden degenerar en un juego en el que poder, intereses y violencia choquen entre sí, haciendo olvidar por completo que en realidad se trata de solucionar situaciones intolerables y no de poner en marcha una maquinaria que se independiza de repente. ¿De cuánta credibilidad gozaba Fassbinder en su compromiso político y también como intelectual?
BAER: De una credibilidad relativa, aunque era calumniado con frecuencia por la izquierda porque quizá no comprendieron que su actitud política se acercaba mucho a la de un anarquista utópico, una orientación política imposible de hacer prevalecer con los actuales medios parlamentarios. Lo cual no es, en absoluto, un motivo para lanzar bombas, pero cada uno hace lo que puede con tal de influir a la mayoría.
DIETER: ¿Veía, pues, al socialismo como alternativa de la sociedad orientada hacia el capitalismo?
BAER: Pero no al socialismo existente.
DIETER: Sino más bien a la teoría marxista, que apela inefablemente a la bondad de los hombres, ofreciendo así una imagen más pacífica de la convivencia humana, con lo cual aparece como algo maravilloso que, por desgracia...
BAER: Puede resumirse en una frase que es el lema de cualquier buen anarquista: No toleramos ningún gobierno desde arriba, ni en general de ninguna clase: organizamos nuestras vidas sin este concepto y sobre una base común de consejos y autodeterminación. Por muy regional y suprarregional que parezca.
DIETER: ¿Coincidíais ambos en vuestra ideología política?
BAER: Sí, no se puede negar.

DIETER: Sin embargo, la minoría intelectual de entonces, que intenta transmitir a la población proposiciones políticas modélicas, no os tomó nada en serio; en realidad, os rechazó, calificándoos de quién sabe qué.
BAER: Como unos idiotas, votamos siempre al SPD, a pesar de todo, porque parece el único partido con una remota relación -de un dieciséis por ciento- con lo que todavía puede salvar algo en este país. La socialdemocracia sigue siendo mejor que todo cuanto procede de los partidos conservadores o de la derecha.
DIETER: ¿Fue vuestra orientación política el motivo, aunque pasajero, de que Rainer pensara públicamente en marcharse a Paris o Estados Unidos?
BAER: En efecto. Sobre todo en los años 1979 y 1980, cuando empezó a notarse que el dieciséis por ciento socialista conducía a una especie de represión que afectaba a las ideas, a una censura interior que se iba difundiendo, en especial hacia la televisión, con la cual -tanto de buena como de mala gana- es necesario mantener relaciones por aquello de la financiación. Era un sentimiento muy extendido entre los intelectuales, y él lo expresó de modo espontáneo y claro, diciendo que no podía seguir en el país y menos con el peligro de que Franz Josef Strauss llegara al poder. En este sentido, dijo: "...Y así lo anuncio para que se sepa que por lo menos yo he tomado una posición, porque con el dinero que llevo en el bolsillo y mis posibilidades puedo abandonar el país antes de que se produzca un cambio de poder, así que llevaré siempre encima el dinero para el billete".
DIETER: Sin embargo, la experiencia posterior fue que en el fondo tropezasteis con circunstancias similares cuando viajasteis a Estados Unidos y a Francia, donde también era evidente que no sólo se cocían las mismas habas, sino que sólo podía avanzarse a pasos muy pequeños hacia un cambio hipotético, porque entretanto se ha estereotipado todo de tal modo, que ya no se puede confiar en que un cambio electrizante contagie al mundo en forma de idea.
BAER: Es cierto. Y entonces sientes un poco de resignación y te das cuenta de que sus películas no pueden ejercer tanta influencia política como habías deseado.
DIETER: Porque se consideran una diversión, lo cual no quieren reconocer los cineastas políticamente conscientes. No es un castigo personal contra ellos, sino que el público, al que solemos llamar con desprecio las masas, va en definitiva al cine para distraerse, olvidando el rigor científico, el mensaje político, la propaganda y lo bien hecha que puede estar una película...
BAER: Quiero decir que cuando lo veo en el marco de la televisión, cuando se proyecta una película nuestra, y a continuación se emite el telediario...
DIETER: ...Y una película puede estar tan bien hecha, que represente una exhortación a pensar y actuar.
BAER: Ahora me refiero a que cuando veo por televisión una película nuestra y seguidamente el telediario con imágenes que hablan por sí mismas, lo comparo con la fuerza testimonial de la película y tengo que reconocer -cuando el telediario se emite inmediatamente después- que lleva las de perder en fuerza y en forma, y me invade una gran tristeza. Sin embargo, esto no es motivo para dejar de hacer películas.
DIETER: No, sería una lástima, pero por otro lado hay que comprender que los cambios no se dejan de organizar ni dictar; y es una experiencia muy importante intentar, especialmente como cineasta, llegar hasta el público con este instrumento. Te conviertes en su invitado, y la pregunta es si la gente te permite serlo también en sus cabezas y en sus corazones. ¿Recibió Rainer esta autorización?
BAER: Sí.
DIETER: ¿Sí? ¿Fue difícil, laborioso?
BAER: Se trata de un proceso largo que es preciso recorrer a pie.
