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X. El abrazo de las drogas |
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“Cada cual debe
decidir si es mejor llevar una vida breve pero intensa o por el contrario una
vida larga pero rutinaria”. |
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R. W. Fassbinder |
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En el
Festival de Cannes de 1975, Fassbinder respondía a un periodista que ya había
“realizado muchas de mis aspiraciones como director, pero no me siento muy feliz
por ello. No veo motivos para sentirme feliz cuando compruebo cómo vive la
gente. Cuando me cruzo con ellas en las calles y en las estaciones ferroviarias,
cuando veo sus rostros y sus vidas, me siento embargado por la desesperación. A
veces tengo ganas de gritar (...) En cierto modo, trabajar es una necesidad para
mí. Me deprimo mucho cuando no estoy trabajando, aunque a veces creo que debería
serenarme un poco”. Y eso fue lo que hizo, al menos por lo que respecta al
teatro, que abandonó a finales de 1976. En cuanto a su actividad
cinematográfica, podemos decir que siguió realizando como casi siempre una media
de dos o tres películas por año hasta su muerte. |
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Tras Viaje
a la felicidad de Mamá Küsters, Rainer rodó para televisión Miedo al
miedo, sobre el caso de una mujer incapaz de encontrar una explicación
y solución a sus continuas crisis de angustia; y Solo quiero que me
ames, sobrecogedor relato sobre los desesperados intentos
de un hombre por comprar el amor de los que le rodean (sus padres, su esposa)
mediante la realización de una serie de costosos regalos y sacrificios que le
llevarán finalmente a cometer un homicidio.
A comienzos de 1976, cinco años después de
Atención a esa prostituta tan querida, Fassbinder pensó que iba siendo hora de acometer un
segundo autorretrato, pero esta vez en negativo... y lo hizo de
forma muy agresiva con El asado de Satán, "una comedia sobre
mi forma de ser, sobre si yo fuera lo que tal vez soy pero que no creo ser":
Walter Kranz es un famoso poeta del 68 que ha perdido la inspiración. Cierto día
escribe un poema que coincide palabra por palabra con el Albatros de Stefan
George, adoptando desde entonces su personalidad y rodeándose de una cohorte de
jóvenes discípulos. El argumento de este polémico, experimental y maravilloso film (gracias a él llegaron a
acusar a Rainer de "odiar a la raza humana") esta inspirado en una experiencia
personal que relata Harry Baer: "Medio año después del rodaje de Martha,
cuando la película estaba a punto de ser emitida por la WDR, resultó que no era
una idea original de Fassbinder sino una copia casi exacta del relato de Cornell
Woolrich For the rest of her life. Esto puede llevar a cualquiera al borde de
la locura: Rainer pasó años devanándose los sesos, tratando de dilucidar si se
trataba de una idea paralela o si él había leído y absorbido la historia... algo
muy posible teniendo en cuenta su consumo de películas, libros y programas de
televisión. De todas formas, ¿cómo se puede explicar la memoria fotográfica de
cada detalle?". |
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...Y llegamos al
mes de abril del año 1976, cuando Fassbinder
comienza el rodaje de Ruleta china y con él su
idilio con las drogas. Hasta ese entonces Rainer había sido un fumador
empedernido y un apasionado de los Cuba-libres. Muy de vez en cuando había
fumado hachís. La persona que le introdujo en el mundo de las drogas fue una
novia de Michael Fengler: “En la época de Ruleta china, tuve una novia que
tiempo atrás había sido drogadicta. Rainer conversaba con ella horas y horas
preguntándole qué se sentía y quedando muy impresionado. No había conocido nunca
el mundo de las drogas, pero a partir de entonces comenzó a tomarlas sin control
alguno: cocaína, heroína, mezclas de todo tipo. Así
empezó desgraciadamente”. Tras coquetear con diversas
sustancias, Fassbinder acabó decantándose por la
cocaína e incluso llegó a justificar su consumo porque “las drogas pueden
tener una influencia positiva sobre el arte (...) Si uno escribe bajo el efecto
de las drogas y después lo elabora, puede ser muy útil”. Más tarde también
afirmó que las utilizaba para calmar sus momentos de angustia, depresión o
desesperación. Rainer comenzó consumiendo dos o tres gramos diarios para acabar
en sus últimos años de vida esnifando seis, siete y hasta ocho gramos al día.
Pero junto a las drogas y los bourbons, los somníferos se convirtieron también
en compañeros inseparables: la febril actividad desarrollada desde sus comienzos
en 1969 (hubo épocas en las que a la vez que dirigía una obra de teatro, rodaba una película
mientras escribía el guión para la siguiente) le había ocasionado
graves problemas a la hora de conciliar el sueño y los somníferos le ayudaban a
dormir, pero tan sólo unas cuantas horas diarias (no más de tres
o cuatro)... y a veces ni eso, lo que le obligaba a repetir la dosis. |
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Kurt Raab cuenta “dirigiéndose
a Rainer” cómo a finales de 1976 se convirtió en su particular
ángel de la
guarda. Su testimonio da una buena idea de en qué condiciones solía estar Fassbinder a causa de los cócteles explosivos que se metía en el cuerpo: “Así
que soy tu secretario privado. Y si no hay nada que hacer, ya se te ocurrirá
algo para tenerme ocupado. Suena el teléfono. No lo coges. No te rebajes a
tanto. Pasas el día en la cama, sólo te levantas de noche... Tengo que inventar
los pretextos, las mentiras. Además soy tu niñera. No sólo cocino y te llevo la
comida a la cama, sino que te cuido como a un niño para que no te pase nada
malo. Has tomado cocaína toda la noche. Son las cuatro de la madrugada y quieres
dormir, pero estás tan excitado que necesitas tres Mandrax
para calmarte. Entonces recuerdas que debes llamar a París para discutir con
Ingrid Caven. Tomas más coca y estás más despierto que nunca. Más Mandrax.
Bruscamente sueltas el auricular y caes al suelo. ¡Dios mío, está muerto!,
pienso. Ha sufrido un ataque cardíaco. Apoyo la oreja sobre tu pecho. Respiras.
Cuando empiezas a roncar, te arrastro hasta tu cama y me voy a
la mía para tratar de dormir.
Poco después te encuentro en el baño, dormido al lado del inodoro. Te arrastro
de vuelta a la cama. Me obligas a correr noche y día”. Por su parte, el
productor Dieter Schidor cuenta que un mes antes de su muerte
“Rainer entró una noche en la habitación del hotel donde
nos alojábamos en Cannes y comenzó a
presumir de lo que llegaba a tomar cuando quería dormirse. Tras observar cómo
esnifaba cocaína, se tomaba tres Valium-10 y se bebía tres vasos de bourbon me
dijo: ‘Si dentro de un cuarto de hora no me he dormido volveré a tomar lo
mismo’. Transcurrido el cuarto de hora continuaba despierto y tal y como había
anunciado, volvió a tomarse lo mismo y alardeó con el hecho de que si yo hubiese
hecho lo que él ya estaría muerto”. |
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Llevado por la idea de que las drogas le ayudarían a aumentar su
creatividad, Fassbinder rodó dos de sus películas más sofisticadas: la
mencionada Ruleta china -una adolescente se
las arregla para hacer coincidir en un castillo a sus padres con sus respectivos
amantes y les propone jugar al Juego de la Verdad- y la aclamada miniserie de
televisión Bolwieser: Delante de Dios y de los hombres (1977), en la que
a partir de la novela homónima de Oskar Maria Graf un jefe de estación no es
capaz de asumir el fracaso de su matrimonio y trata por todos los medios
de no perder a su mujer -que tiene dos amantes- y su honor, lo que sin duda le llevará a
un triste final. Kurt Raab, convencido por Fassbinder, interpretó al desgraciado
Bolwieser bajo el efecto de las drogas: “Cuando comenzó la filmación en Munich, Rainer abrió una cajita y me
mostró el célebre polvo blanco. Habría unos diez gramos. Me dijo susurrando que
yo debía probarla, que me elevaría a las alturas del arte interpretativo. Dijo
que no era peligroso, que bastaba aspirarlo para liberar el espíritu, que
disiparía mis neurosis y mis complejos, que yo crearía un Bolwieser que
trascendería mis capacidades normales y que sería la mejor interpretación de mi
vida. Vacilé, le recordé mi alcoholismo, expresé mi temor a la adicción, resistí
sus presiones constantes durante tres semanas. Un oscuro día de noviembre yo me
sentía muy deprimido porque tenía que interpretar una escena en la cual asistía
a un hombre enfermo que moría ante mis ojos. Fassbinder advirtió mi estado y me
llevó al cuarto contiguo. Abrió una cajita, que siempre tenía a mano, redujo
unos cristales a polvo y mientras yo lo miraba con interés, lo separó en varias
filas y me mostró cómo aspirarlo por la nariz. Hice lo que él me indicó (...)
Interpreté la escena en estado de euforia, convencido de que era un actor
extraordinario (...) Empecé a aspirar el polvo todos los días y Fassbinder
estaba dispuesto a compartir su tesoro conmigo. A veces me dejaba la cajita y yo
usaba su contenido con la misma despreocupación que si fuera azúcar (...) Yo
estaba convencido de que mi creación de Bolwieser era maravillosa. Sin
embargo, cuando más adelante pude desintoxicarme, comprobé que mi actuación fue
dura y torpe”. Esta apreciación final de Raab sólo es personal, ya que su
interpretación fue calificada por los críticos como de impresionante y
extraordinariamente desinhibida. De todas formas, Bolwieser supuso el regalo de despedida que
hizo Fassbinder a Raab como actor y como director artístico. Así lo expresa
Harry Baer: “Faltaba dinero para la producción, y cuando se descubrió en las
cuentas realizadas por la gente de la Bavaria Atelier la diferencia que existía
entre los gastos de decoración y el presupuesto general calculado, la situación
entre Rainer y Raab se hizo insostenible. Tras esta película, Kurt Raab solo es
invitado a las fiestas de cumpleaños y no vuelve a trabajar con Fassbinder hasta
su última película, de nuevo como colaborador”. |
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En 1977, tras llevar a cabo otra incursión televisiva (Mujeres
en Nueva York, una adaptación de la obra de Claire Boothe que había
puesto en escena en el otoño de 1976, donde una serie de amigas pertenecientes a
la alta sociedad, casadas y sin preocupaciones económicas, junto a miembros
femeninos de su servicio no dejan de hablar sobre
ellas mismas y sus relaciones con los hombres), aceptó la
proposición del guionista Tom Stoppard para llevar al cine la novela
Desesperación de Vladimir Nabokov, convirtiéndose en su
primera película rodada en inglés con un reparto internacional compuesto por
Dirk Bogarde y Andrea Ferreol. La historia de un hombre
que decide deshacerse de su propia personalidad para tomar la de un vagabundo a
quien ha decidido asesinar fue recibida con frialdad por parte de la crítica
-pese a constituir una de sus más bellas y grandes películas- y con indiferencia
por parte del público. En octubre de ese mismo año, Rainer rueda su
impresionante episodio para el film colectivo Alemania en Otoño, donde
podemos comprobar -entre otras cosas- que se encuentra trabajando en el guión de
la serie televisiva Berlín Alexanderplatz, uno de sus proyectos mas personales y ambiciosos pues
consideraba a Franz Biberkopf, protagonista de la novela homónima de Alfred Doblin,
nada menos que su alter-ego. Como
el planteamiento de la serie exigía un largo proceso de pre-producción, Fassbinder se aburrió y dijo
a los productores Michael Fengler y Peter Berlíng que
mientras quería realizar una película de poco presupuesto.
Pese a las reticencias iniciales de aquellos, el maestro alemán pudo
comenzar en los primeros meses de 1978 el rodaje de
la que sin duda es su obra
cumbre: El matrimonio de Maria Braun, que supuso el feliz
reencuentro con su musa Hanna Schygulla tras cuatro años de ostracismo. Sin
embargo, la historia de una mujer que logra hacerse camino en la sociedad
alemana de posguerra en base al amor que siente por su marido ausente (primero
por la guerra y más tarde a causa de su encarcelamiento por asumir un homicidio
cometido por Maria) exigió algo más que un presupuesto moderado: los costes
acabaron por duplicarse y la ausencia de dinero colocó a esta producción entre
las cuerdas en más de una ocasión. |
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A pesar de convertirse en la película de Fassbinder con mayor
repercusión internacional y alcanzar un éxito sin precedentes en su carrera como
director, Maria Braun
constituyó uno de los episodios más autodestructivos de su vida. No olvidemos
que a la vez que estaba entregado frenéticamente al consumo de drogas, vivía
los últimos y peores momentos de su relación con Armin Meier. Fengler, productor
de la película que -como se ha dicho- también preparaba el
plan de rodaje estimado en un año para la monumental serie de casi quince horas
de duración Berlín Alexanderplatz, recuerda que en esa época “su dependencia
de las drogas era tal que Harry Baer y yo ideamos una solución para afrontar el
problema. Calculamos que gastaría cuarenta mil marcos mensuales durante el
período de rodaje, es decir, casi medio millón para todo el año. Pensamos que
sería un error confiar en la suerte, de manera que decidimos comprar la droga
por adelantado y vendérsela por dosis sin que él supiera quiénes eran los
proveedores, claro está. Pensamos que si sabíamos cuánto consumía y de dónde lo
conseguía, podríamos ejercer cierto control sobre su hábito”.
Peter
Berlíng fue “uno de los que tuvo el triste honor de contemplarlo en silencio
desde la primera fila (...) La verdad es que el cuerpo de Rainer estaba hecho
una piltrafa: estaba hinchado y estragado por la droga (...) Comenzaron el
rodaje en Coburgo, cerca de la Selva Turingiana, casi en la frontera con
Alemania Oriental. Harry Baer y yo, que preparábamos a su vez Berlín Alexanderplatz, viajábamos constantemente entre Munich y Berlín y siempre nos
deteníamos en Coburgo a ver al patrón (...) En el set trabajaba con el brío y la
seguridad de siempre, dirigiendo a Hanna hasta en el último gesto de su dedo
meñique. Evidentemente, la mezcla de drogas que ingería, cualquiera que fuese,
estimulaba la productividad, aunque en una ocasión permaneció inmóvil durante
dos días (...) Fengler, a fin de mantener la maquinaria en marcha, contrató a
tres ayudantes con la misión de recorrer el país en busca de combustibles para
Rainer, cuya sed de cocaína parecía insaciable. Consumía siete u ocho gramos por
día, y Coburgo se convirtió en una pesadilla para todos (...) Lo echaron de un
hotel, luego de otro y de un tercero. Tomaba tanta coca y Dios sabe qué otras
cosas que perdía el control de los esfínteres y todo su cuarto, hasta las
paredes, estaba sucio de materia fecal. También había mucha sangre porque sus
mucosas estaban ulceradas y sangraba constantemente por la nariz. Uno de los
hoteles envió fotografías del cuarto de Rainer a Fengler, quien las destruyó y
pagó la suma de dinero que le pidieron. Fengler salió a recorrer Alemania para
terminar Maria Braun, cuyo coste llegó a duplicar el presupuesto original. Consiguió el dinero, pero tuvo que vender el 85% de los derechos que compartía a
medias con Rainer. Éste montó en cólera y se negó a entregar un solo marco de su
parte, lo acusó de ser un gangster y entonces comenzó la gran pelea”. Fengler
trató de explicarle que, efectivamente, era dueño de la mitad, pero sólo de lo
que quedaba. Fassbinder comenzó entonces una especie de campaña de extorsión y
él fue el que verdaderamente se comportó como un gangster llevado por su
ansiedad de consumir drogas a como diera lugar. Fengler es muy claro a la hora
de contarlo: “Por ejemplo, me decía que ‘detendré la filmación mañana si no me
consigues treinta mil marcos en efectivo a primera hora. Calcula cuánto te
costará si no filmo durante dos días. El costo será mayor, créeme’. Tenía razón,
claro. Entonces yo le llevaba el dinero, pero cuando repitió la maniobra otra
vez le dije que le rompería la cara: ‘Adelante... pero antes calcula el costo’,
dijo. Así, mediante la extorsión, obtuvo cien mil marcos por encima de su
salario y gastó hasta el último pfenning en drogas. Aun después del rodaje
siguió con sus maniobras. Necesitaba una edición provisional de la película
con objeto de
que los patrocinadores entregaran el dinero necesario para la edición final.
Cuando la terminó, un par de
días antes del plazo, me llamó desde Colonia, donde realizaba el trabajo de
edición: ‘Tengo malas noticias’, dijo, ‘me han robado la edición. Existe una
posibilidad remota de comprársela a los ladrones, pero es caro. Piden veinte mil
marcos’. Yo le chillé: ‘Rainer, ¡no!. Me voy a Colonia... ¡te voy a matar!’. Lo
dije en serio, pero después de cortar la comunicación comprendí que no servía de
nada y que una nueva edición provisional resultaría más cara. Por tanto, acabé
enviándole los veinte mil”. Después de tantos años, la sólida amistad entre Fengler y Fassbinder se rompió de esta manera y el proyecto de
Berlín Alexanderplatz pasó a manos de la Bavaria Atelier. No sería hasta
Querelle,
en 1982, cuando Fengler volvió al redil como coproductor de aquélla obra. |
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Finalizado el rodaje de
Maria Braun, Rainer quiso poner algo de calma en su
vida iniciando un viaje reconciliador con Armin a Estados Unidos. Sin
embargo, y como ya sabemos, ese fue el principio del fin de la pareja. El
suicidio de Armin en el mes de junio de 1978 le obligó a meditar y aunque su
adicción a la cocaína y a los somníferos ya no tenía marcha atrás, sí que
durante algún tiempo se volvió más cauto y controló más su consumo. El éxito de
Maria Braun pareció dejarle indiferente. No habiéndole bastado con rodar
después En un año con trece lunas a sabiendas de que no iba a tener
prácticamente ninguna posibilidad en las taquillas, decidió dirigir La tercera
generación entre diciembre de 1978 y enero de 1979, una obra tan minoritaria
o más que la anterior, esta vez sobre el terrorismo
alemán y su evolución, y lo hizo justo cuando la situación política hacía tiempo
que volvió a su cauce, centrándose en la serie de acciones
torpes y gratuitas que una serie de terroristas cometen por el solo placer de
llevarlas a cabo, representándolos como los integrantes de una fiesta de
carnaval que con la connivencia del Estado luchan sin ningún objetivo.
Considerado como uno de las mejores films sobre el tema en
opinión de la crítica especializada, La tercera generación levantó ampollas en
todos los sectores políticos y provocó varios altercados en algunas de las salas
en que fue exhibido. Fassbinder respondió con una famosa frase: "Yo no tiro
bombas, yo hago películas", después de lo cual comenzó por fin el rodaje de
Berlín Alexanderplatz, un proyecto tan importante para él en particular y
para su obra en general que merece por sí solo un capítulo aparte. |
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