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Presidida por
su afán de enmascarar el realismo a través de una puesta en escena basada en la
teatralidad y una fuerte estilización, la obra
cinematográfica de Rainer Werner Fassbinder, siguiendo a Yann Lardeau,
se caracteriza desde el punto de vista formal
por
su heterogeneidad, "fruto de una polivalencia técnica, de una influencia:
refleja ante todo las condiciones de producción (cine independiente, teatro,
televisión, superproducciones) de las que derivan directamente la austeridad (El
mercader de las cuatro estaciones) o la profusión (Desesperación).
Las imágenes de su cine nunca son vírgenes: son herederas de una historia, han
sido fabricadas tanto por la historia como por el entorno social o por el propio
director, están marcadas por los reflejos de la mentalidad de generaciones
anteriores, del cine expresionista y post-expresionista, sin olvidar los
excedentes americanos de la posguerra". |
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Esta heterogeneidad refleja la
extrema diversidad de su estilo, "unas veces clásico (El soldado
americano, Veronika Voss), otras barroco (Desesperación),
otras realista (Berlin Alexanderplatz), otras expresionista (Querelle);
otras veces consiste en marcar una distancia crítica (Fontane Effi Briest),
otras en buscar la identificación absoluta del espectador con los personajes (la
serie Ocho horas no hacen un día, El matrimonio de Maria Braun);
otras veces es alegórico (epílogo de Berlin Alexanderplatz), otras
extremadamente moderno (llegando a preconizar un cine de la transparencia, de la
evidencia: El mercader de las cuatro estaciones), otras hollywoodiano (Lili
Marleen, Lola). Toda esta diversidad no solo se produce entre las
distintas películas que componen su obra fílmica, sino también dentro de cada
una de ellas, entre escenas o entre planos, según la naturaleza del contenido:
la secuencia en la que Hans Epp (Mercader) golpea
a su mujer está filmada sin distanciamiento, con mucho realismo, mientras que la
composición de la siguiente, en la que se enfrenta a toda su familia, está claramente
inspirada en la teoría brechtiana de los tipos y del distanciamiento. El
sentido, el valor que se comunica a la escena, son los que definen en cada
ocasión la forma. Unas veces Fassbinder sólo se propone contar -seducir o
conmover al espectador- y otras denunciar, acusar, y entonces la imagen pierde
su función narrativa en pro de una función de designación, de identificación o
de denuncia, lo que supone un repentino distanciamiento del espectador con
respecto a la escena, como sucede por ejemplo en el momento de la presentación
de Alí a los hijos de Emma en Todos nos llamamos Alí: cuando aquéllos
descubren al nuevo marido de mamá, Alí, se quedan consternados y boquiabiertos.
En ese momento el tiempo permanece en suspenso, y para poner de manifiesto esta
consternación y su sentido (el odio hacia el Otro) Fassbinder traza un lento
travelling sobre cada uno de los rostros de los presentes, convirtiéndolos en
una máscara de desprecio (...) En un año con trece lunas combina
constantemente, sin transición y casi sin hacerlo notar, elementos que a priori
son irreconciliables: oscila entre escenas de un realismo propio
de un documental y al mismo tiempo de gran belleza alegórica (la secuencia de
los mataderos), escenas de tono realista (su desencuentro inicial con varios
hombres a orillas del Main) y otras de acento más bien burlón y coreográfico (Anton
Saitz intentando imitar con sus guardaespaldas en su despacho las imágenes de un
film de Jerry Lewis). Del mismo modo, esta película está continuamente cambiando
de escala: unas veces nos introduce en el núcleo del drama de un individuo,
otras nos lleva hasta la cima de la ciudad y nos revela los mecanismos secretos
de su corrupción; en unas ocasiones el marco es muy verosímil (la visita al
orfanato católico), mientras que en otros momentos en los que no lo es en
absoluto el decorado tiene la desnudez de un escenario (la secuencia del obrero
que se ahorca delante de Elvira)". |
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De la heterogeneidad
estilística del cine de Rainer Werner Fassbinder emanan, a su vez, "líneas
directrices, constantes formales, períodos de gran estabilidad, una
extraordinaria seguridad en el corte de las escenas, y un modelo de adaptación
de obras literarias prácticamente inalterado, desde Fontane Effi Briest
hasta Querelle, pasando por Berlin Alexanderplatz". De este modo,
si la etapa inicial de la filmografía de Fassbinder está influenciada por el
cine negro norteamericano y la Nouvelle Vague, por Jean-Marie Straub y Jean-Luc
Godard, a partir de su descubrimiento e interpretación del melodrama sirkiano en
1971, el director germano "se dedicará a expresar sentimientos fuertes y
emociones intensas mediante la luz, el encuadre, el decorado, el montaje y la
música, y no mediante la identificación en masa de los espectadores con un
héroe, con una estrella (...) La imagen puede ser a la vez inverosímil, reflejar
sin pudor su naturaleza artificial, y traducir auténticas sensaciones".
Subrayar, magnificar los sentimientos mediante el juego irreal, fantasmagórico,
de los reflejos, las luces, los colores, los volúmenes, los movimientos de la
cámara serán principios sobre los que se construyan los melodramas de Fassbinder,
cuyo estilo también remite directamente a Josef von Sternberg, casi más que a
Sirk: "La verdad es que la luz, los encuadres, su empeño a partir de Fontane
Effi Briest por colocar en primer plano un objeto, una puerta, una estatua,
por ocultar siempre el encuadre al tiempo que se descubre, por atrapar la imagen
en su reflejo o por quebrarla en mil destellos de plateada luz, por filmar a la
gente bajo una lluvia de tinta hasta que resulta irreconocible (el comienzo de
Desesperación, el encuentro de Veronika Voss con el
periodista en el bosque a la salida del
cine), por filmar los rostros de las mujeres bajo velos,
detrás de los visillos, por sacar partido de todo lo que separa un rostro
femenino de su captación luminosa, de su reflejo fotográfico, procede más de Sternberg que de Sirk". Podríamos concluir, por tanto, que
la obra de Rainer Werner Fassbinder articula un discurso propio del cine de
autor del más alto nivel utilizando, pervirtiendo y haciendo finalmente suyos
recursos propios del melodrama hollywoodense. Solo así, y a pesar de que siempre
ha sido un director minoritario, intentó acotar la distancia que le separaba del
público. Como él mismo declaró, "la industria cinematográfica explota los
sentimientos y yo lo detesto: estoy contra la especulación de los sentimientos
(...) La diferencia entre mi cine y el norteamericano es que éste no es
contemplativo". De ahí el distanciamiento de sus dramas, la fuerte carga
emocional de sus escenas, caracterizadas por la gran duración que otorga a los
planos y la lentitud con que se mueve la cámara: "Si una escena dura mucho, si
se alarga, realmente se puede ver lo que les sucede a las personas presentes en
ella. Se puede ver y experimentar, en relación con sus propios sentimientos, lo
que está latente. Si se corta en escenas como esas, nadie comprendería de qué
tratan". Lo que sí suprimirá Fassbinder, mediante abruptas y maravillosas
elipsis, será todo aquello que resulte accesorio a la historia que viven sus
personajes o que pueda distraer al espectador de lo que él quiere verdaderamente
comunicar, mostrando y precipitando de forma implacable el descenso a los
infiernos de aquéllos. ¿El resultado? Un conjunto de melodramas intensos,
catárticos, ásperos, secos, "sin ningún tipo de pudor ideológico o narrativo
(así en el trabajo de la imagen como en la banda de sonido), que parecen mirar
al espectador no para complacerlo sino para vigilarlo". |
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¿Y qué decir del actor
fassbinderiano, de la muy particular forma de interpretar a los distintos
caracteres? Doménec Font, en su prólogo al magnífico texto La anarquía de la
imaginación, hace quizás la definición más exacta de aquél: "Es difícil
definir al actor fassbinderiano según parámetros convencionales. Sus comediantes
tienen un aire extrañamente espectral, deambulando como peces en un acuario,
como si estuvieran somatizados o bajo el efecto de alguna droga. Antes que
actores, cabría hablar de efigies al borde del agotamiento depresivo (empezando
por la presencia onanista del propio Fassbinder), de marionetas que propagan
posturas para sacar del anonimato los cuerpos porosos, de "modelos" bressonianos
bañados en la iconografía gay y el erotismo sulfuroso. Films como Atención a
esa prostituta tan querida o La tercera generación, parecen
representar esta función de terapia común: movimientos en rotación, a medio
camino entre la histeria y la apatía, buscando una historia y unos personajes
como presas, donde los actores parecen actuar como personajes de la ficción al
propio tiempo que sus prisioneros". |
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Finalmente,
habría que resaltar el importante papel que juega la música de Peer Raben
en la obra de Fassbinder al constituir "una unidad fáctica y un ambiente sonoro
comparable a los de las películas de Fellini".
Sus partituras
estridentes, reiterativas, a menudo enfáticas y de acordes sencillos pero
disonantes actuaron casi siempre como contrapunto de la imagen. El mismo
Peer Raben lo explica: “Uno espera que a una historia difícil se le acople
una música compleja, pero ese es el método que Fassbinder no utilizaba. Lo
más fascinante de trabajar con él era que tenía gran interés en llevar a
cabo lo que los músicos llaman contrapunto: a través de él, la música puede
decir cosas de la imagen pero, a la vez, se le opone totalmente”.
Por otra
parte, en muchas películas de Fassbinder se incluyen canciones y fragmentos
musicales clásicos o modernos que tenían un significado muy especial para él
(“Hay músicas que expresan lo que soy”) y que cumplían siempre una función
dramática: es el caso, por ejemplo, del concierto de órgano de Handel Nº 10,
Op. 7 Nº 4, que suena en su corto Los vagabundos, en En un año con
trece lunas, en el epílogo de Berlin Alexanderplatz y en
Querelle; diversos temas de Leonard Cohen en Atención a esa
prostituta tan querida, La ley del más fuerte o Miedo al miedo;
o el “Radio Aktivität” de Kraftwerk en Ruleta china y, de manera muy
especial, en el epílogo de Berlin Alexanderplatz. |