Dr. Jekyll y su hermana Hyde
(Dr. Jekyll & sister Hyde, Roy Ward Baker, 1971)
No soy, ni de
lejos, un admirador de las producciones Hammer. Sin embargo, la
debilidad que, desde mi preadolescencia, sentía por "Doctor Jekyll y
su hermana Hyde" se ha visto confirmada una vez tras otra cuando me
he reencontrado felizmente con ella.
Y ya no es por la magnífica y persistente atmósfera brumosa que
envuelve a las calles londinenses y ampara casi con insistencia la
asociación Jekyll - Jack el Destripador: lo es por una historia
breve pero intensa, que no se detiene en detalles superfluos que
distraigan la atención del espectador. Tanto el guión como la
efectiva dirección cumplen con el objetivo de no dispersarse, de
reconcentrar todos los flancos para que ninguno quede suelto.
La propuesta juega constante y casi peligrosamente con el tópico y
el lugar común, pero consigue darle la vuelta hasta llegar a un
estimulante punto donde reina lo morboso. La historia del científico
que busca el elixir de la vida es solo el pretexto para dar paso a
la sugerencia hábil e inteligente: la supuesta homosexualidad del
doctor Jekyll (subrayada por el poco interés que suscitan en él los
esfuerzos que hace su joven vecina para atraer su atención), el
placentero disfrute que le proporciona su conversión femenina y la
pugna entre masculinidad y feminidad que se va haciendo más patente
conforme avanza el film... incluso cuando no utiliza su elixir (un
momento resume magistralmente esa lucha: Jekyll acaricia con un
gesto automático pero a la vez dulce en una estación la cara del
hermano de su enamoradiza vecina y que constituye el objeto de deseo
de su hermana Hyde).

Pero donde más se esmera en mostrar sus cartas esta singular obra es
en la forma en que el doctor experimenta el placer de convertirse en
mujer, no solo explosiva en lo físico sino también en cómo vive su
potente sexualidad: impagable resulta la secuencia en que se ve por
primera vez ante un espejo y se toca, descubre sus pechos y siente
tal felicidad que parece como si con ello hubiera culminado la
materialización de un deseo largamente postergado... Y toda esta
exhibición de malabarismos la lleva a cabo su director -insisto-
utilizando la sugerencia con elegancia y morbo al mismo tiempo.
En otro orden de cosas, la película no se regodea en las secuencias
en que Jekyll asesina a sus víctimas: la densa niebla se interpone
casi siempre entre la acción y el espectador, haciendo de ello un
precioso off visual. Y no menos bello e inolvidable resulta
su maravilloso desenlace (hasta en eso hace gala de su humildad y
economía expresiva esta joya): una mano femenina luchando contra su
contraria masculina; un Jekyll que comienza su última transformación
en su hermana Hyde desde la imagen distorsionada y deformada de su
rostro situado tras unas coloridas vidrieras...
La artesanía del director Roy Ward Baker, especialmente inspirado
(como también lo es la cuidada partitura musical), logró convertir a
esta película en un clásico tardío de la Hammer en el momento justo
en que comenzaba su decadencia.
