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XIII. Fin del vía crucis |
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“El
hombre es un animal deforme. El enemigo de todos los enemigos. La criatura más
baja que existe sobre la faz de la Tierra. No es bueno vivir en un cuerpo
humano. Prefiero acurrucarme bajo la tierra, correr campo a través y tomar lo
que me encuentre. Y el viento sopla. Y la lluvia cae. Y viene el frío y se va.
Eso es mejor que vivir en un cuerpo humano.”
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Franz
Biberkopf en el epílogo de Berlín Alexanderplatz |
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“Esta
noche ha muerto Franz Biberkopf, el que una vez fue transportista, ladrón,
vagabundo y homicida. En el lecho donde yació, moría hoy otro hombre y este otro
hombre tenía los mismos papeles que Franz, se parecía también a Franz, pero en
otro mundo lleva otro nombre.” |
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Del epílogo
de Berlín Alexanderplatz |
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Durante veintidós días del mes
de marzo de 1982, poco después de ganar el Oso de Oro en el
Festival de Berlín con La ansiedad de Veronika Voss, Fassbinder rueda
Querelle, su film póstumo, en el que adaptó de forma muy
libre, radical, provocativa, creativa y única el texto homónimo de Jean Genet,
dando lugar a una inclasificable, casi religiosa y vanguardista obra maestra que
contó con un reparto internacional formado por Brad Davis, Jeanne Moreau, Franco
Nero y Laurent Malet. Filmada íntegramente en estudio y
hablada en inglés, es la historia del marinero Querelle, hombre de seductora
belleza que enamora a primera vista a hombres y mujeres. En el famoso burdel La Feria, encuentra a su hermano Robert, con
quien le une una relación de amor-odio; a Lysianne, la dueña, amante de Robert;
Nono, el marido de Lysianne, y al corrupto policía Mario. A su vez, el teniente
de navío Seblon se siente atraído por ese ángel exterminador que es Querelle,
una persona que brinda a los que le rodean una gran intensidad vital pero
también la muerte. Los durísimos diálogos y algunas de sus secuencias causaron
una gran polémica allá donde la película se estrenó, siendo ferozmente atacada
en unos casos y elevada a la categoría de obra de arte en otros. Harry Baer recuerda algunas
anécdotas del rodaje de Querelle: |
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“Si en esta película hubo un ser místico, ese fue Jeanne Moreau. El encuentro de
Rainer y ella durante el rodaje fue mucho menos
complicado de lo que imaginaría un profano sobre una reunión tan espectacular.
La primera vez que se ven, él se le acerca y la saluda con una inclinación. Ella
dice “Hello, Rainer, nice to meet you”, y le pregunta cómo se imagina su papel
de Lysiane. “Just be great”, contesta Rainer, y ella está contenta con tan
sucinta información e interpreta el papel como lo siente. Y Rainer la deja hacer
y disfruta como un observador. Después de su última escena, Jeanne Moreau invita
a champán y Rainer le alarga un ramo de cien rosas blancas, la flor favorita de
la actriz. Este gesto debe haberla emocionado. Entra por primera vez en nuestro
despacho, se sienta con toda naturalidad, empieza a hablar en una mezcla de
inglés y francés sobre su última película y dice que el ambiente de aquí le ha
gustado mucho. Sostiene un monólogo de veinte minutos tan fascinante que ninguno
de los dos nos atrevemos a interrumpirlo. |
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(...) La
música como estimulante. La música y las salchichas que Rainer regala todos los
días antes de empezar a rodar. Es una
costumbre establecida en los últimos años: pone de buen humor y ayuda a trabajar
más deprisa. El fondo musical en el estudio cambia de película en película y se oye durante
todo el período de producción, exceptuando naturalmente las horas de rodaje. En
Querelle nos acompañan los elepés de Joachim Witt, Silberblick y Edelweiss. En
La ansiedad de Veronika Voss fue Vangelis con la droga de su música. En
Alexanderplatz,
los Stones (aunque mientras escribía el guión escuchaba La Traviata durante
semanas enteras); en El asado de Satán y Ruleta china el grupo Kraftwerk; en
Las amargas lágrimas de Petra von Kant, Elvis Presley. Estímulos, impactos
cruzados entre diferentes canales secretos que sólo él conoce y que en
definitiva sirven también para acompañarle en su aislamiento. Las canciones de
Witt suenan un poco extrañas y no muy apropiadas en el plató, construido en la
sala de mayores proporciones de los estudios CCC de Berlín y donde me parecía
más indicada la música de los años treinta y cuarenta, porque lo totalmente
revolucionario en lo que respecta a Rainer en Querelle
es el regreso
deliberado al mundo hermético de los decorados de estudio, a una realidad de
fábrica de sueños que no debe orientarse hacia ninguna clase de escenario
original. Tal es el método por el cual se han rodado las películas favoritas de Rainer: películas de Stenberg
como Morocco; películas de Michael Curtiz, como
Flamingo Road; películas de Detlef Sierck como Zu neuen Ufern o La
Habanera (...) No
cabe duda de que la versión óptica del Querelle de Rainer es describir, desde
el punto de vista actual, las fantasías de un recluso de los años cuarenta. O
también el regreso al cine antiguo de la mejor calidad. Esta densidad ambiental
no podía lograrse en los escenarios originales ni con ayuda del cámara más
imaginativo y el iluminador más audaz. Los antiguos especialistas en melodramas
sabían lo que podían conseguir con este misterio adicional, y Rainer también lo
sabe. Todas estas inexpresables relaciones entre los personajes y la
quintaesencia de Genet, que traicionar al amigo es una forma más elevada de
autoafirmación que un asesinato, son reproducidas por Rainer mediante una serie
de imágenes mágicas cuya ambigüedad permite al espectador ya reducir ya
desarrollar en los espacios libres de sus propios pensamientos la ilimitada
anarquía de la trama... Un final abierto para cada nivel y estado de ánimo.
Rainer
recurre a la magia gráfica de muchas escenas de los cuadros de Goya, que conoce
muy bien. Y su contemplación es tan sugestiva que ya durante el rodaje
impresiona a los visitantes del estudio. Patrice Chereau es un invitado
permanente, y el pintor americano Robert Rauschenberg acude en busca de
inspiración. Y Andy Warhol, etéreo como una pluma, flota entre los decorados.
Aunque ahora trabaja en la creación de carteles, recobra después de varios años
la inquietud de hacer cine y como corresponde a su escenificación de sí mismo
le encanta dejarse fotografiar con viejas prostitutas ante el faro fálico
(...)”. |
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En la época
de Querelle y hasta su muerte, el estado de Fassbinder era bastante depresivo,
a pesar de tener a Juliane y mostrarse eufórico ante los próximos proyectos que
iba a acometer. Además, pensaba mucho en la muerte. Sin motivo aparente, de
pronto, decía o que se iba a matar o que se iba a morir. No hacía más que pensar
qué sucedería después de su muerte y a quién le dejaría los derechos de tal o
cual película. Lo cierto es que Rainer empezaba a sentirse bastante mal
físicamente: resulta impresionante la manera
en que envejeció en tan solo los años
que van de 1980 a 1982. Aunque murió con treinta y siete años, aparentaba más de
cincuenta. Mientras Fassbinder dirigía su obra póstuma, el productor Dieter
Schidor producía y realizaba un documental sobre el director alemán titulado
El
mago de Babilonia, que contiene una entrevista realizada la última tarde de
la vida de Rainer, el 9 de junio. En ella podemos apreciar las respuestas que da una
mente sana aprisionada en un cadáver. Su cara y
su cuerpo aparecen edematosos, sus ojos semi-cerrados, y tiene dificultad para
articular las palabras, que fluyen lentas y torpes: |
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SCHIDOR:
Prohibieron la novela Querelle porque dijeron que era pornografía. ¿Qué opinas
de eso? |
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FASSBINDER:
Todo lo que llega a los límites sociales o los cruza es considerado pornográfico
en esta sociedad. |
| SCHIDOR:
¿Dirías que el cine ha sabido retratar bien la homosexualidad?
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FASSBINDER:
Lo ha hecho siempre mal. Es imposible ser justo con nadie. No se puede retratar
bien a los homosexuales ni tampoco a los heterosexuales. Sólo se puede hacer las
cosas mal. Además, no se trata de retratar el homosexualismo sino al individuo y
cómo forja su identidad. |
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Al cuarto
de hora de comenzar la entrevista, se acabó la batería de la cámara del director
Wolf Gremm, que había venido a pasar unos días a la casa de Rainer para la
filmación. Fassbinder aprovechó para decirles que no tenía ganas de continuar y
se encerró en su cuarto. Gremm advirtió a Juliane Lorenz que Rainer estuvo muy
mal en la entrevista, que estaba muy extraño. Cuando le preguntó cómo se
encontraba, le dijo que solo necesitaba dormir. A la una de la madrugada del
diez de junio, Harry Baer telefoneó a Fassbinder para anunciarle que había
encontrado una discoteca ideal donde filmar la que hubiera sido su próxima
película, Yo soy la felicidad de este mundo, una comedia sobre tres hombres
que triunfan en la música rock después de fracasar en una agencia de detectives
de su propiedad. Tras dar su aprobación, Rainer le dijo que estaba viendo la
televisión, leyendo y tomando notas para el guión de Rosa Luxemburgo,
otro proyecto que tenía entre manos. En la
casa únicamente se encontraba Wolf Gremm, pues Juliane había salido a cenar
fuera. Cuando ella llegó, aproximadamente a las cuatro y media de la madrugada,
entró en el cuarto de Rainer y vio la televisión encendida así como una dosis de
cocaína a medio aspirar. Cuando cayó en la cuenta de que no roncaba, entonces se
extrañó: “Miré su
cara. Sólo había un poco de sangre que manaba de su nariz. Me asusté. Lo sacudí.
No se había tapado, pero su piel estaba tibia. Lo sacudí otra vez. No reaccionó
y me puse a chillar. Debajo de su cuerpo había unas hojas de papel con
anotaciones suyas sobre Rosa Luxemburgo. Tenía un cigarrillo consumido entre
los dedos de la mano derecha. Pensé que había sufrido un infarto. Corrí al
cuarto de Wolf, que dormía sin percatarse de lo que estaba ocurriendo.
Tratamos
de levantar a Rainer, de sentarlo en la cama. Lo palpé en busca del pulso y el
latido del corazón. Nada. Wolf dijo que estaba muerto, pero me negaba a creerlo.
Llamé a una ambulancia. A continuación se me ocurrió que vendrían personas
extrañas al apartamento. Entonces busqué las drogas y las tiré por el inodoro.
Uno de los enfermeros que llegó en la ambulancia examinó a Rainer. Confirmó que
estaba muerto”. |
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“El teléfono me despierta”, dice Harry Baer, “La revista desea
que haga una declaración... ¿Yo? ¿Sobre qué...? Muerto... ¿Quién...? Cuelgo de
golpe. ¡Ya está bien! No son bromas para una hora tan temprana... Otra vez el
teléfono: “¿Te has
enterado? Espantoso...” Ahora me incorporo de un salto. Sin embargo, aún no me
lo creo. Marco el número secreto de Rainer y contesta una voz desconocida. ¿Qué
hace este en el dormitorio de Rainer? Marco el otro número. Ahora me tiene que
contestar Juliane, seguro... Voces desconocidas otra vez; sólo puede tratarse
de la policía. Durante la hora siguiente mi teléfono suena sin interrupción. No
lo contesto. Las cuatro paredes se me antojan de repente hostiles. Tengo que
salir de aquí. Corro hacia el metro, a casa de mi amigo Marcus, que me abre la
puerta medio dormido. Le abrazo,
lloro y farfullo unas frases. Él conecta la radio. Noticias. Reagan en Bonn. Cumbre de la OTAN. Después del tiempo, la única noticia importante: Rainer
Werner Fassbinder hallado muerto en su domicilio. Cuando se oye la versión
oficial, se siente el impacto por primera vez. En el Eiche, dos, tres y cuatro
schnaps con el estómago vacío. Van entrando conocidos, cada uno más trastornado
que el anterior. Gafas oscuras, llantos, silencio. ¡Pero es preciso hacer algo!
Un periodista se cuelga del teléfono y nos facilita una primera impresión. Le
digo a gritos que se vaya al diablo. ¡Malditos sean todos! Los números de
teléfono que de momento se me ocurren comunican constantemente. Es como si de
improviso hubiese quedado aislado del mundo, de un mundo en estado de
excepción: ¡Fuera de aquí! En casa de Dieter Schidor están todos juntos,
acurrucados como gallinas entre las cuales la zorra acabara de causar una
víctima: Juliane, Regina Ziegler y su marido Wolf Gremm ¡que dormía en el
cuarto contiguo al de Rainer y no se ha dado cuenta de nada, el muy imbécil!
Schidor intenta reaccionar con una risita inocente. Nos dice que en el café
Extrablatt los viejos productores ya se han reunido para deliberar, sudando a
mares, sobre las ganancias que esta muerte les priva al impedir la
realización de las producciones previstas. Juliane sale llorando de la casa.
Yo querría tener una escopeta para eliminar a los ricachones (...) La prensa
matutina sólo habla de Fassbinder. Titulares, conjeturas, chismorreos absurdos. Reagan es barrido de la primera página: ¡Por lo menos has conseguido esto, ha
sido tu último acto!”. |
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Al igual que los distintos diarios, a lo largo de la
jornada del diez de junio, las distintas cadenas de televisión alemanas
dedicaron programas especiales en torno al director alemán.
Durante el multitudinario funeral, que duró aproximadamente unos noventa
minutos, pudo escucharse -además de un poema que leyó su musa Hanna Schygulla-,
fragmentos
musicales de sus películas: Vangelis, Leonard Cohen, Elvis, The Platers, Jean-Michel
Jarre, Kraftwerk o el tema de Lili Marleen, entre otros. |
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Rainer,
desde su adolescencia, siempre creyó que iba a morir joven, que no llegaría a
los cuarenta, que sólo viviría treinta y cinco o treinta y seis años. En una
charla que dio a los estudiantes de la Escuela de Cinematografía de Berlín, le
preguntaron cómo se veía de mayor. El contestó que no contaba con llegar a eso.
Baer afirma al respecto: “Gerhard Zwerenz trata en su libro La muerte lenta de Rainer Werner Fassbinder de una nostalgia de la muerte, de un conocimiento
profético de una muerte temprana, y data el comienzo de esta “enfermedad” en
1974. Es lógico; fue entonces cuando le conoció y oyó hablar por primera vez de
esta idea fija de Rainer. Cualquier otra fecha sería igualmente acertada. Y el
hecho de que Rainer trepara de niño al altar de una iglesia y no quisiera bajar
de allí podría interpretarse con un pequeño esfuerzo como la visión de un precoz
ascenso a los cielos... No hay que desorbitar las cosas. Rainer concibió esta
idea fija como otras personas se reúnen a intervalos regulares para presenciar
el fin del mundo y luego se olvidan. Sin embargo, este temor desencadenó en él
una manía, un ansia de producir a toda prisa una película tras otra, y fue
destruyendo su cuerpo a fuerza de estimulantes que le permitieran mantener aquel
ritmo. Y el pánico le fue dominando cada vez más porque temía no disponer de
tiempo para llevar a cabo sus planes, hasta que el motor estropeado -que con un
trato más cuidadoso habría podido funcionar muchos más años- se detuvo.
Querelle -por más vueltas que se le dé a la cuestión-
no fue una “última obra”
cuya hoja se pueda volver para poner fin a las obras completas. En todo caso, un
punto final al capítulo de la amistad masculina, el alter ego y el auto-análisis. Y lo trágico es que dejó inacabada la obra de su vida por culpa suya,
si es que aquí puede hablarse de culpa. Las ansias de vivir de los dos últimos
años, que descubrió de repente en sí mismo; los proyectos a punto de realizarse;
los planes, que habrían alcanzado para las cincuenta películas siguientes...
A una
persona así no la mata el destino, sino únicamente un desenfreno ilimitado. Y
esta muerte casual no habría sido ni siquiera un tema para una película de
Fassbinder”. |
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Muchos
creyeron que se había suicidado (la autopsia reveló que se había tratado de un
“accidente cerebro vascular”), lo cual sólo era cierto en la medida en que toda
su vida había sido suicida: trabajando sin cesar, comiendo, bebiendo y fumando
en exceso, tomando drogas, somníferos y estimulantes no solo para poder aguantar
el ritmo y levantar su estado de ánimo sino también para dormir unas cuantas
horas, Fassbinder no había dejado nunca de atentar contra su salud: “Si hay una
guerra nuclear”, alardeaba, “la gente debería parapetarse tras de mí porque si
cae una bomba, a mí no me destruirá. Tengo más energía que cualquier bomba”. Además de la inminente
Yo soy la felicidad de este mundo, tenía varios
proyectos más por realizar: la citada Rosa Luxenburgo, con Hanna Schygulla
como protagonista (película que acabaría rodando Margarethe von Trotta en 1985
con Barbara Sukowa); las adaptaciones de las novelas de Pitigrilli
Cocaine y
de Georges Bataille El azul del mediodía; un remake de la película
norteamericana Amor que mata de Curtis Bernhartd bajo el titulo de
Posesión; una serie de películas -en la línea de su trilogía-
protagonizadas
por mujeres que representarían la historia de su país hasta la década de los
ochenta; o su vuelta al teatro de la mano de Un tranvía llamado deseo.
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Tras su
muerte, hubo una serie de realizadores (Robert van Ackeren y su La mujer flambeada o Radu Gabrea con
Un hombre como Eva) que imprimieron una “moda
post-fassbinderiana” que se eclipsó en muy poco tiempo. Del mismo modo, el fin
del Nuevo Cine Alemán coincidió dolorosamente con la desaparición del director,
auténtico motor para que los demás compitieran con su enorme productividad. En
cuanto a la continuidad artística de sus colaboradores más fieles, podemos decir
que unos ya han muerto (Kurt Raab, víctima de Sida a finales de los ochenta;
Lilo Pempeit, la madre de Fassbinder, a comienzos de los noventa; o el
productor-actor Dieter Schidor) y otros siguen trabajando (Hanna
Schygulla, cada vez más alejada del mundo del cine a pesar de participar como
actriz secundaria en proyectos muy escogidos, llevando a cabo exitosos recitales
en teatros; Juliane Lorenz compagina su faceta de
montadora con su labor al frente de la Fassbinder Foundation; Harry Baer, actuando y dirigiendo; Günther Kaufmann, actuando y
cantando; Peer Raben, componiendo; Irm Hermann
consagrada al teatro, al cine y la televisión; e Ingrid Caven, dedicándose a
su prestigiosa carrera como cantante en locales selectos). |
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Rainer Werner Fassbinder sabía que la complacencia para con uno mismo
significaba la derrota pero, con masoquismo puritano, continuó practicándola
hasta llegar a morir como un mártir. Sin embargo, el martirio no fue en vano,
pues alimentó la leyenda que descansa sobre la opresión y la libertad que había
descubierto: si no hubiera sido un opresor, no habría sido capaz de elaborar sus
alegatos en favor de la libertad con tanto acierto como lo hizo.
Su filmografía, compuesta por cuarenta y tres obras rodadas
en tan solo trece años por un hombre que falleció a los treinta y siete, brilla
con luz propia en el firmamento del Séptimo Arte, siendo de una coherencia tal
que se abrió con una película titulada El amor es más frío que la muerte y
concluyó al son de una canción en Querelle que llevaba por titulo “Todos los
hombres matan aquello que aman”. Su entrañable vendedor de frutas Hans de El
mercader de las cuatro estaciones; la apasionada hasta la enfermedad Petra von
Kant; la desigual pareja compuesta por la madura Emmi y el inmigrante Alí en
Todos nos llamamos Alí; la abnegada Effi Briest, educada para ser una mujer
fiel y servil en un mundo de hombres; Fox, el homosexual bonachón explotado
económica y emocionalmente sin compasión por su compañero en
La ley del más
fuerte; la decepcionada Mamá Küsters ante su propia familia y las maniobras de
la política y la prensa sensacionalista; Peter y su compra de amor mediante
regalos a sus seres queridos en Solo quiero que me ames; Hermann Hermann
huyendo de la realidad para refugiarse en el utópico mundo de la locura; Maria
Braun intentando ser alguien en la época del Milagro Económico por el amor hacia
su marido; el pobre
transexual Erwin/Elvira intentando buscar amor y comprensión durante los cinco
últimos días de su vida; Franz Biberkopf, el hombre bondadoso y sediento de
ternura pero a la vez colérico y violento en Berlín Alexanderplatz; la mujer
de doble vida Lola dejándose arrastrar por la corrupción
para poder sobrevivir en una sociedad igualmente corrupta; Veronika Voss presa de sus recuerdos
y de la malvada doctora Katz; o el marinero Querelle intentando ser fiel a sí
mismo, ocupan un lugar destacado e inolvidable en la Historia del Cine y son
referencia tanto para realizadores ya consagrados como para aquellos que están
empezando. Cuando se investiga su obra cinematográfica, el todo parece cobrar
mayor importancia que la suma de las partes. Resulta difícil considerar cada
película por separado sin recordar quién la dirigió. Logró crear su propia
leyenda con tanto acierto que ésta acabó por conformar las perspectivas desde la
que han de verse sus películas y constituir una parte crucial de sus logros.
Las
manifestaciones que hizo sobre sí mismo y las que contienen las anécdotas
referidas en torno a su persona, son inseparables de las aseveraciones que hizo
en sus películas. Si un hombre llamado Rainer Werner Fassbinder quería definir
su personalidad y su posición frente al mundo y a la realidad que le había
tocado vivir adoptando una actitud extremadamente trasgresora y vistiendo
chaqueta y botas de cuero, un sombrero de fieltro deforme, unas gafas de sol
oscuras, una bufanda, un llavero que siempre colgaba de sus vaqueros y un
cigarrillo eternamente encendido entre sus dedos, sus obras desprendían ese aire
inconformista y provocador, profundamente pesimista y desesperado, que incitaba
al público que las veía no a escandalizarse, sino a tomar partido, a rebelarse
contra esa sociedad injusta e indolente que él denunciaba. Comprendió que la
aceptación de su obra dependería en parte de su imagen y una de las razones que
tuvo para adoptar una conducta escandalosa fue su convicción de que el escándalo
promovería tanto una como la otra. Necesitaba la leyenda y se sacrificó a ella. |
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