El mercader de las cuatro estaciones

(Der Händler der vier Jahreszeiten, 1971)

 
Dirección y guión: Rainer Werner Fassbinder 
Fotografía: Dietrich Lohmann (Color, 35 mm)
Montaje: Thea Eymèsz
Música: Rainer Werner Fassbinder
Dirección artística: Kurt Raab
Producción: Tango Film, München
Duración del rodaje: 11 días (agosto 1971)
Duración: 89 minutos 
Fecha de estreno: 10-2-1972, en la Cinemateca de París 

 

Intérpretes: Hans Hirschmüller (Hans Epp), Irm Hermann (Irmgard), Hanna Schygulla (Anna), Andrea Schober (Renate), Gusti Kreissl (madre de Hans), Kurt Raab (Kurt), Klaus Löwitsch (Harry), Karl Scheydt (Anzell), Ingrid Caven (el "gran amor" de Hans), Peter Chatel (doctor), Lilo Pempeit (modista), Walter Sedlmayr (el hombre de los sellos), El Hedi ben Salem (el marroquí), Hark Bohm (policía), Daniel Schmid/Harry Baer/Marian Seidowski (obreros), Michael Fengler (playboy), Rainer Werner Fassbinder (Zucker)...

Premios y nominaciones:

- Bundesfilmpreis (Premios del Film Alemán): Premio al Mejor Actor otorgado a Hans Hirschmüller; Premio a la Mejor Actriz otorgado  a Irm Hermann; Premio en metálico por valor de 250.000 marcos otorgado a Rainer Werner Fassbinder

 
 

Cuando Fassbinder, tras rodar once películas en el espacio de dos años, decidió dar un giro a su carrera para abrazar los inexcrutables caminos del más grande de los géneros cinematográficos, el melodrama, se inspiró en un episodio familiar ocurrido durante su infancia: el firme propósito de su tío favorito de convertirse en vendedor ambulante de frutas y verduras provoca en su familia tal estupefacción que no le prestan el más mínimo apoyo moral y lo desprecian. De esta anécdota nació El mercader de las cuatro estaciones: "Esta historia es conocida por casi todos los que me rodean. Un hombre desea que su vida hubiera sido distinta de lo que fue. Su educación, su ambiente y las circunstancias conspiran para frustrar sus sueños."

 

La película da comienzo con un flash-back: Hans Epp vuelve a casa tras llevar enrolado en la Legión Extranjera algo más de un año. El recibimiento que le hace su madre -cuyo carácter opresor fue el causante de su marcha, tal y como mostrará otro flash-back posterior-, dista mucho de ser eufórico: refiriéndose a un amigo de su hijo que ha muerto en la contienda, ella lamenta que los buenos chicos como aquél tengan que morir y que "la gente como tú" vuelva. El muchacho le dice que ha cambiado pero su madre, lejos de mostrarse comprensiva con él, le responde que el que una vez fue un inútil siempre seguirá siéndolo.

 

Hans y su mujer, vendiendo fruta en los patios interioresVolvemos al presente: Hans se ha convertido en un vendedor ambulante de frutas que, con su carrito, recorre los patios traseros de la ciudad. Su mujer Irmgard le ayuda y, muy celosa, pone cuidado de que no pierda demasiado tiempo con las clientas. Cuando el que fue su amor de juventud lo llama desde una ventana para que le lleve algunas peras, Irmgard le reprocha después que ha tardado demasiado. Enfadado por la injusta recriminación, se refugia en un bar donde bebe en compañía de sus amigos y recuerda los días en que trabajó como policía, así como el suceso que produjo su expulsión de la misma y su posterior dedicación a la venta de frutas. Un nuevo flash-back nos lo muestra: mientras toma declaración a una hermosa prostituta, ésta se le insinúa desabrochándose la blusa y él se deja hacer una mamada, momento en que entra un compañero y los descubre. Como consecuencia de ello pierde el puesto, algo que Hans valora en la actualidad justamente porque "la policía no puede aceptar comportamientos como ese". Al ver que su marido no ha ido a cenar, Irmgard se presenta en el bar y le pide que vuelva a casa, pero él le lanza una silla y le dice que volverá cuando quiera. Oprimido y atormentado por su mujer, a Hans sólo le queda fingir delante de los demás que él es quien manda en casa y establece lo que hay que hacer. Ya en el piso, se presenta bebido y le esperan su mujer y su pequeña hija Renate. Como siempre ocurre en el cine de Fassbinder, la tensión acumulada deriva en violencia: tras ser insultado por Irmgard, arremete contra ella y la golpea con furia mientras la niña, a su vez, no deja de pegarle en la espalda. La secuencia es filmada con total estatismo y frialdad por la cámara, en un solo y largo plano.

 

Cuando a la mañana siguiente se despierta, comprueba que su mujer se ha ido de casa. En la mesa de la cocina le ha dejado una nota en la que le comunica que lo abandona. Hans se derrumba sobre la mesa y asistimos entonces a un segundo flash-back, donde dice a su madre que quiere dejar de estudiar porque desea convertirse en un mecánico. Ella, una católica y autoritaria mujer de férreos principios, se opone firmemente y le responde que debe continuar estudiando y olvidarse de realizar un trabajo en el que va a ensuciar sus manos. De nuevo en el presente, comprobamos que Irmgard se ha refugiado en la casa de su suegra: todos los allí presentes -la madre de Hans, su hermana y su cuñado- están en contra del frutero excepto su otra hermana Anna, que siempre le ha defendido porque cree que ellos no han hecho más que despreciarle y nunca se han portado bien con él. La llegada del frutero al lugar supone no sólo una de las secuencias más estilizadas de la película, sino también una de las riñas familiares más entrañables del cine de Fassbinder: Kurt, su cuñado, forcejea con Hans para que no se acerque a su mujer y al comprobar ésta que él sólo quiere que vuelva a casa porque la necesita, entonces decide llamar al abogado para solicitar el divorcio. La evidente debilidad emocional del marido es utilizada con gran sadismo por parte de Irmgard, y nos hace recordar la famosa cita de Fassbinder en la que afirmaba que "en ciertas ocasiones, las mujeres utilizan su opresión como una eficaz forma de terrorismo". No debemos olvidar que el maestro sitúa su historia en la era Adenauer, cuando "las mujeres eran la garantía interna del sistema social que los hombres representaban externamente". Mientras el abogado responde a la llamada telefónica, el frutero sufre un infarto y cae al suelo inconsciente, no sin antes tararear lacónicamente el estribillo de su canción favorita: "Buona, buona notte, bambino mio, tú no puedes tener todo lo que deseas."

 

Maquillaje vampíricoLa estancia de Hans en el hospital es aprovechada por su agria y calculadora mujer para acostarse con un hombre que ha conocido en la calle. La pequeña Renate los descubre cuando están follando y Fassbinder resuelve la comprometida secuencia de forma admirable: su madre salta de la cama y rompe a llorar junto a la cortina del dormitorio a la vez que el crucifijo que hay colgado en una esquina se sitúa sobre ella. Antes de ser dado de alta y una vez que se han reconciliado, el médico advierte a Irmgard que su marido no puede beber alcohol ni hacer grandes esfuerzos o realizar trabajos pesados. Antes que por las secuelas del infarto, Irmgard se muestra mucho más preocupada por cómo aquéllas van a afectar al negocio, pero pronto encuentra una solución: le propone emplear a una persona para que venda la fruta en los patios interiores mientras que Hans se dedica a encargar la mercancía, cosa que a él le parece bien. Ahora Irmgard es la más fuerte de los dos y no teme a su marido. Tras realizar diversas entrevistas a posibles candidatos (repletas, como es habitual en el director, de extraordinarios apuntes sociales: a uno de ellos -considerando los prejuicios que tenía su madre cuando le planteó que quería ser mecánico- le pregunta si no le importa ensuciarse las manos, respondiendo que es algo que le ha pasado en todos los trabajos que ha realizado; otro le exige un sueldo bastante alto porque tiene novia y ha de hacer frente a diversos gastos...), acaba contratando a Anzell, el hombre que se acostó con su mujer mientras él estuvo en el hospital, algo que a Irmgard le incomoda. Para librarse de él, que quiere tener sexo de nuevo con ella, se le ocurre un plan: a sabiendas de que Hans le observa escondido para comprobar que no le engaña con la recaudación, le propone pedir dinero de más por la fruta a los clientes para repartirse ambos las ganancias extras. Cuando están arreglando cuentas, Hans descubre el engaño de su empleado, que reacciona golpeando e insultando a Irmgard, acusándola de ser la artífice de todo lo ocurrido. Se trata de otro maravilloso clímax violento de la película, tras el cual -una vez que su marido, no muy convencido, le dice que no cree la versión de aquel hombre- sucede otro flash-back en el que el frutero recuerda cómo perdió al gran amor de su vida el día en que él se presentó con un gran ramo de rosas rojas y ella rompió la relación porque no podía decir a sus padres que amaba a un vendedor ambulante. Tras el incidente con Anzell, Hans encuentra a su viejo amigo Harry, compañero suyo en la Legión Extranjera, y no solo lo contrata sino que también lo lleva a vivir a casa, cosa que a Irmgard no hace mucha gracia argumentando que ellos son una familia y necesitan intimidad (la secuencia es magistral en este sentido, pues esta más que fingida e hipócrita defensa de la armonía familiar la hace su mujer mientras se aplica frente al espejo una mascarilla facial sobre la cara que la hace parecer un auténtico vampiro).

 

Hans y su opresiva familia al completoPasan seis meses y el negocio está dando muy buenos resultados pero, a su vez, Hans se muestra triste, pensativo, depresivo. Ahora que es un patrón, que no trabaja, que está ganando dinero, que aparentemente no tiene problemas con su mujer, que su madre lo ha aceptado porque a sus ojos se ha convertido por fin en una persona "respetable", piensa que su vida está vacía, que no tiene sentido, que no sirve para nada, que es un ser fracasado, que su familia tenía razón cuando le despreciaba y se avergonzaba de él, y ve cómo es suplantado en su hogar cada vez más por Harry que, incluso, ayuda a Renate en sus deberes escolares. Dedica entonces su tiempo a dar largos paseos, y en su desesperación visita a dos personas que podrían ayudarle: el gran amor de su vida que, aunque se ha dado cuenta de que le ocurre algo, aprovecha su visita para intentar acostarse inútilmente con él; y su hermana Anna, que está ocupada preparando una exposición oral para el día siguiente y no le hace mucho caso. De vuelta a casa, se encierra en una habitación y escucha su canción favorita, Buona notte, cuya letra expresa aquello que no ha podido o no ha sabido contarles: "Nadie puede satisfacer sus anhelos, ni siquiera cuando los sueños se convierten en realidad."

 

Al final, en una secuencia mítica en la filmografía de Fassbinder, vemos a Hans en el bar, en compañía de sus amigos, de Harry y de Irmgard: no deja de beber, sabe que va a morir, y dedica cada trago a aquéllas personas y hechos que han marcado su vida: a su madre, a sus parientes, al amor de su vida, a su esposa, a su hija, a Harry, a la Legión Extranjera, a la escuela, a la policía... De esta forma, el maestro alemán hace responsable de la muerte del frutero a su entorno inmediato, que le privó de sus deseos y de la vida que a él le hubiera gustado llevar. Antes de caer muerto delante de todos, asistimos a un último flash-back en el que recuerda cómo fue torturado por un marroquí y él le suplicaba que lo matase. Cuando aquél le va a dar un tiro, es batido por dos compañeros de Hans y éste, sostenido por ellos y adoptando la postura de un crucificado, les pregunta por qué no han dejado que el árabe lo matara. Tras ser enterrado -al sepelio acude el gran amor de su vida con un ramo de rosas rojas idéntico al que llevaba el frutero el día en que terminaron su relación: el amor siempre es más frío que la muerte-, la película concluye con un plano estático en el que vemos a Irmgard, a Renate y a Harry sentados en la furgoneta de Hans, serios, petrificados, mirando hacia el frente: Irmgard, siempre preocupada por la estabilidad económica y la seguridad que ofrece la vida burguesa, propone a Harry, por el bien de todos, que se quede con ella y con su hija.

 

Autodestrucción de Hans"Esta película genera la incómoda sensación de estar mirando un documental sobre gente que actúa en una obra ficticia" (Thomas Elsaesser): A la hora de poner en escena la historia del frutero, el maestro Fassbinder lleva hasta las últimas consecuencias su máxima de no reproducir jamás la realidad, sino de hablar de ella, plasmarla de la forma más antinaturalista y excesiva posible, y lo hace a base de sus siempre rebuscados encuadres; una cámara más estática y menos manierista que en posteriores trabajos, pero igual de efectiva; unos zooms conscientemente abruptos; unas elipsis descomunales que despojan a la trama de cualquier  accesorio u ornamento adicional con el fin de mostrar sólo aquéllos aspectos que al director le interesan; la abundancia de primeros planos que, acompañados de sutilísimos silencios, resultan imprescindibles en este implacable retrato psicológico de personajes; la sensación claustrofóbica que desprenden las secuencias rodadas en interiores, los cuales dan la sensación de estar grotescamente empequeñecidos con respecto a los caracteres que los habitan; la perfecta integración de los flash-backs, que no rompen el discurrir del relato, sino que irrumpen inesperada y muy oportunamente en el mismo para enriquecerlo con el objeto de aportar información sobre aspectos cruciales del pasado de Hans que determinan su presente; la estilizada, enfática y -como siempre- soberbia actuación de todos los actores, que no hacen el más mínimo esfuerzo para que el tono y la cadencia de sus palabras resulten naturales; o los elementos del decorado y el vestuario utilizados como recursos distanciadores. Y como siempre, el maestro alemán se abstiene de sacar conclusiones, de plantear soluciones o moralejas de la triste historia que nos plantea: se limita a dar una visión de la cotidianeidad de la Alemania de la era Adenauer para adentrarse en los deseos, las frustraciones, las hipocresías y las obscenidades que presiden el mundo burgués.

 

Película breve, de presupuesto muy modesto, El mercader de las cuatro estaciones es una sencilla, transparente, humilde, austera, áspera, desgarrada e inolvidable obra maestra.

 
 

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