Desesperación (1978)

 
 

Caníbal emocional; poeta de la soledad, la incomprensión y las llagas del amor; víctima a partes iguales de una sociedad pacata, mezquina, y retrógrada, como de sí mismo; cantor inspirado de las incurables aflicciones del alma; masoquista lacerante e impenitente; cineasta crucial en la historia del cine alemán, la figura de Rainer Werner Fassbinder aún esconde importantes zonas de sombra y tensiones internas pese a la (falsamente) transparente apariencia de sus films, y a la de sobras conocida vida, gustos, aficiones y credo del hombre tras (y a veces delante) la cámara.

 

Fassbinder y Jeanne Moreau en 1982Como atinadamente apuntó David Wilson, "el cine de Fassbinder, está anclado en el artificio, pero no obstante éste, subvierte las convenciones del lenguaje cinematográfico. Sus películas se balancean, con aparente fragilidad, pero generalmente con elevada confianza, entre dos de las formas dominantes de la sintaxis cinematográfica: Estilización y Realismo. Y si el aparato formal es siempre evidente, éste es en los mejores de sus films, indivisible del tema y el contexto (...) Su estilización no realista, exacerbada en el género del melodrama, es un efecto distanciador, que puede expresar una verdad mucho más íntima que la del "realismo"". Efectivamente, como acertadamente señalaba el ex-editor de Sight and Sound (el buque insignia de la prensa cinematográfica especializada británica), el estilo visual de Fassbinder siempre ha intentado buscar nexos y vasos comunicantes entre antagonistas: entre el cine y el teatro, entre la realidad y el artificio, entre las máscaras y la desnudez, entre la superficie y lo profundo, o entre la víctima y el verdugo. Su obra está repleta de interiores claustrofóbicos (y exteriores grises, que parecen una triste prolongación de esos interiores) donde la cámara se detiene en planos intensos o traza lentos y penetrantes travellings, donde los personajes se ven una y otra vez enfrentados a la dolorosa fragilidad de sus sentimientos, a la precariedad de sus vidas, a su inmadurez emocional, a la angustiosa necesidad sentimental, que va lentamente cargando el ambiente de una insoportable tensión, que estalla en violencia física, o la mayoría de las veces en humillación psicológica, en vejaciones intelectuales y en sadomasoquismo sentimental, las brutales elipsis de Fassbinder hurtan a los personajes (al espectador) los momentos más bellos de su relación, dejándolos con la pasión inicial, el infierno de la ruptura y las cenizas de la soledad. El choque del crudo realismo (de las historias y por lo general de los sórdidos y asfixiantes decorados, o de su claustrofóbica estilización no realista) con la elegante y muy calculada puesta en escena (que toma elementos del teatro sobre todo en el uso mayoritariamente y reiterado de interiores, en el tipo de iluminación poco naturalista y dura de estos interiores, y los mezcla con un uso de la cámara a modo de bisturí que intentara arrancar las máscaras, taladrar las formas para llegar a la pura raíz del nacimiento de las emociones, deseos, y odios) provoca un cortocircuito estilístico y emocional del que se alimenta el poderoso y muy personal creador germano, y que fue depurando con los años, hasta alcanzar en él un notable magisterio, similar en un registro muy próximo, al logrado por el realizador mejicano, Arturo Ripstein (aunque Ripstein aún ha ido más lejos en la movilidad de su cámara dentro del melodrama realista y estilizado, no ha llegado sin embargo, a los niveles de abstracción y hermetismo en los que Fassbinder solía adentrarse). Pero sería un error pensar que Fassbinder en su búsqueda de la estilización como vía para alcanzar una verdad honda e íntima que no podía proporcionarle el simple realismo, fue un enajenado de la realidad social o política que le circundaba. Muy al contrario, pues fue precisamente conforme ahondaba más en su vena melodramática, cuando empezó a construir sus melodramas alrededor de la soledad y la precariedad de la clase proletaria, es en su mirada hacia ellos donde Fassbinder derramó mayores gotas de generosidad, comprensión, calidez y conmiseración (no casualmente, pues él procedía de esa clase social). Sus carencias económicas y culturales, muchas veces les llevaban a buscar equivocada y desesperadamente el amor (o sentirse atraídas) en intelectuales, empresarios, o acomodados burgueses, que la mayoría de las veces las utilizaban sexual y afectivamente, las humillaban intelectualmente, las usaban para sus intereses políticos (véase esa pobre Mamá Küsters, proletaria cincuentona, perdida y desorientada tras el suicidio de su esposo tras matar al patrono de la fábrica donde trabajaba, y desalmadamente utilizada por esa pareja de "cultos y atildados" ideólogos de izquierdas, expoliada únicamente como símbolo publicitario para su causa, y nunca tenida en cuenta como ser humano) para finalmente abandonarlas miserablemente cuando se cansan de ellas/ellos, o cuando han encontrado otras personas con las que sustituirlas.

 

Pero tampoco aquí deberíamos hacer una lectura simplista y maniquea, ya que la dialéctica oprimidos-opresores, víctimas-verdugos tan presente en la obra de Fassbinder deja bien clara que ambos polos se encuentran en todas las personas, en mayor o menor medida, así por ejemplo en Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, una de sus obras más complejas y logradas, la proletaria es verdugo en primer grado y víctima en segundo, y la protagonista, Petra Von Kant (que encarna a la artista) ejerce de víctima respeto a su amante y de verdugo respecto a ella misma y su inmadurez sentimental (que supera al final de la cinta, en uno de los finales más maduro, lacónico, expresivo y logrado de Fassbinder), y verdugo de su sirvienta, enamorada de ella en silencio. Pero Fassbinder va mucho más allá, mostrando sin ambages su mórbida atracción (y la de algunos de sus personajes) tanto por chulos insoportables, violentos y sádicos, como por la romántica poetización del "outsider", repudiado y vejado por su amante como colectivamente por la sociedad, precisamente por representar, una pureza y una entrega emocional, absolutamente ausente en el mundo ("y que por supuesto el mundo no puede valorar por no tener la suficiente sensibilidad", pónganse todas las comilla que se desee). Ese "outsider" atraído por la caída, el fracaso y la pérdida, como inspirado cantor de la derrota, ha sido una figura (romántica y hasta de moda a partir de los años 60) muy usada por muchos artistas, pero por pocos tan consciente y calculadamente y también con un mayor grado de sinceridad, como lo fue por Rainer. Es cierto que esta imagen que es tanto una máscara como una imagen real (como todos sabemos, el estilo de vida de Fassbinder y su obsesión compulsiva por el trabajo supuso una especie de suicidio a largo plazo) tiene cierto componente de infantil inmadurez, y de autoasunción de cierta superioridad moral y emocional frente al mundo, pero también no es menos cierto que la sociedad (no la de puertas afuera donde se miente y se dice sólo lo políticamente correcto y lo socialmente decible, sino la de los interiores tanto físicos como morales y emocionales, donde Fassbinder siempre gustó de meter su cámara, y mostrar cómo caían las máscaras y afloraban los miles de verdaderos monstruos tras las elegantes y calculadas maneras del culto y atildado europeo, tolerante, educado, generoso y comprensivo, en realidad la mayoría de las veces, de puertas adentro, un miserable fascista y un tirano insensible, despótico, intolerante, retrógrado y sádico) siempre ha disfrutado linchando y marginando al diferente y al hipersensible. Como dice Andrew Sarris, si antes de la II Guerra Mundial, el Nazismo, Hiroshima, Nagasaki, la bomba atómica (y los experimentos radiactivos con civiles y militares en USA), los asesinatos de JFK y Luther King, e incluso el 11 Sept, etc, a Fritz Lang (y yo añado a Frankenheimer, Pakula o Stone) podía llamársele paranoico, hoy puede creerse que realmente estaba siendo perseguido, pero en realidad era un adelantado a su tiempo y un visionario. La paranoia, y la sospecha sobre las respuestas oficiales, y las "verdades" sociales, políticas, burocráticas, históricas, y religiosas, sobre la "realidad", lo consciente, o las apariencias, siempre han sido muy centroeuropeas, desde Kafka o Nietszche hasta Freud. Y el cine de la paranoia, el complot y la sospecha, es hoy, por desgracia, puro realismo...lo mismo podríamos decir de Fassbinder, su exclusión social, y su marginación y soledad emocional no eran una paranoia o un complejo de superioridad que había que amputar en un diván de psiquiatra, para hacer a todos los hombres igual de mediocres, grises y consumista y falsamente satisfechos (como hacía Richard Burton en Equus de Shaffer y Lumet) sino una pura realidad, que Fassbinder siempre intentó denunciar y exorcizar desde su cine. El gran creador germano siempre tuvo un fino olfato para rastrear el fascismo (no como grupo organizado, sino el que anida en lo más íntimo de muchas personas) y el odio al diferente, fascismo, por imponderables, convertido en doméstico y de alcoba, fascismo que tras la derrota se había replegado en Europa pero seguía intacto (a la espera de nuevas oportunidades, que ya están aquí), pero que hasta que se metió con sus sucias y apestosas botas y su paso de la oca, hasta la cocina, en las casas (previamente bombardeadas) de muchos europeos, había sido saludado con alborozo por gran parte de la "democrática", y "tolerante" Europa (y huelga decir que también por millones de sus ciudadanos), e incluso por El Vaticano.

 

En 1978 Fassbinder se asocia con el guionista norteamericano Tom Stoppard (que posteriormente se daría a conocer gracias a la dirección de su propia obra Rosencratz y Guildestein están muertos y a su participación en los guiones de Brazil y Shakespeare enamorado) que había adaptado la novela de Vladimir Nabokov, Desesperación para ser llevada a la gran pantalla. La historia es bien sencilla, un empresario chocolatero alemán, Hermann Hermann (magnífico, como casi siempre, Dirk Bogarde, en otra nueva incursión en el lado oscuro del cine de autor europeo) decide escapar de la realidad que le rodea (la Alemania post crack del 29 y el imparable auge del nazismo que extiende su pátina de violencia callejera por medio de sus unidades juveniles de choque: los infames camisas pardas; y un matrimonio con una oronda mujer que parece salida de un cuadro de Ingres, y que sólo existe para llevar una vida frívola, estúpida y hedonista, engañando a Hermann con su medio primo, un artista de tercera idiotizado) intercambiando su personalidad con la de un vagabundo al que él considera su doble perfecto (y al que en realidad no se parece en nada), para luego terminar asesinándolo, y atrapado por la policía mientras quería escapar a Suiza, presa de un delirio que se ha apoderado de su ya inestable mente. Como en El Crepúsculo de los dioses de Billy Wider, Fassbinder hace que su estrella internacional, Bogarde, salga de escena, detenido por la policía, presa de la alucinación, al tiempo que comenta a los policías, que está rodando una película y solicita al director del supuesto film que se eche a un lado y le deje el paso libre. Desesperación fue la primera película rodada por Fassbinder en inglés, y cosechó una gran incomprensión por parte de la crítica de su época, e incluso actualmente no es una de las obras de Fassbinder mejor valoradas, su propuesta radical, suicida, agresivamente evasiva de la realidad que acaba desembocando en la locura obliga al espectador a hacer un esfuerzo para sintonizar con la real negrura que invade sus fotogramas. La tragedia de Hermann Hermann, su auténtica "desesperación" y su huída hacia la esquizofrenia fue lo que sin duda debió de atraer al cineasta alemán que se sintió identificado con ese personaje que va despojándose de capas hasta llegar a caer en un verdadero pozo, tanto o más terrible que del que pretende huir. La grisura laboral, la pesantez ambiental, la falta de horizontes vitales, morales, culturales, sentimentales es lo que tiene absolutamente varado a Dirk Bogarde en el marasmo provinciano y adormecido de esa alienante estabilidad pequeño burguesa y de esa sociedad embrionariamente fascista, de la que se propone escapar usando la figura del doble. Pero lo más terrible de Despair (que no está tan lejos temáticamente, de Plan Diabólico -Seconds- de John Frankenheimer), lo realmente terrorífico de su propuesta es que Bogarde no tiene a donde escapar...excepto a la locura. Nabokov (suponiendo que el final respete el de su novela, que no conozco) Fassbinder y Stoppard, concluyen con Hermann atrapado en un callejón sin salida, pues no se puede escapar de uno mismo...y la mediocridad de la que Hermann pretende escapar está también dentro de él, de ahí que sus estúpidos e infantiles sueños de huir a Suiza, nunca sean creíbles, ni compartidos por el espectador, y que el personaje, en manos de Fassbinder, nunca sea considerado una víctima, que reclame nuestra adhesión sentimental, ni Fassbinder nos lo muestra como tal, o al menos no incide en ello, especialmente. Hermann es tan sólo otro hijo del pais que en el futuro (el de la acción de la película, se entiende) engendrará a Hitler, y los campos de exterminio, y su deseo de huida (no casual) a un pais neutral como Suiza, sólo constituye la evasiva pasividad culpable (la misma con la que Hermann desde un café observa como un camisa parda ataca una tienda de un judío) de la burguesía alemana, a la cual en lógica previsión (previsión a la que accede el protagonista del film, más intuitiva que racionalmente, como suele ocurrirle a muchos de los protagonistas en los films de Fassbinder, más emotivos, que racionales) de lo que estaba engendrando, sólo le quedaba el camino de la locura y la muerte. No es tampoco casual que Fassbinder cierre Despair (una película clave del cine de autor europeo de los 70) con una dedicatoria a Van Gogh, Antonin Artaud y Unica Zürn.

 

Santiago Gallego Murillo

 
 

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