La tercera generación (1979), por Nicolás Zukerfeld

 

¿Viviremos suficiente para ver una revolución política? ¿Nosotros, los contemporáneos de estos alemanes? Amigo mío, usted cree lo que desea creer... Cuando se juzga Alemania según su historia presente, no me discutirá usted que toda su historia está falsificada y que toda su vida pública actual no representa el estado real del pueblo. Lea los periódicos que usted quiera, convénzase de que no se deja de celebrar -y usted admitirá que la censura no impide a nadie el dejar de hacerlo- la libertad y la felicidad nacional que poseemos...   (A. Ruge, Carta a K. Marx,  marzo de 1843).

 

Porque si las masas, cansadas de trabajar para otros, se insurreccionasen, toda la existencia política y social de la burguesía se derrumbaría.    (M. Bakunin, Dios y el Estado, 1882)

 

Cuando veo a mi alrededor jóvenes que están perdiendo los antiguos valores populares y absorben los nuevos valores impuestos por el capitalismo, arriesgando así una forma de inhumanidad, una forma de atroz afasia, una brutal ausencia de capacidad crítica, una pasividad facciosa, recuerdo que éstas eran precisamente las características típicas de los SS.    (P. P. Pasolini,  Genocidio, 1974)

 
 
Introducción a una generación
 

Asistimos a un suicidio. A un suicidio asistido. Al suicidio de una generación. El diablo probablemente titila sobre el panóptico. Un panóptico decorado con televisores, teléfonos, alfombras y grandes sillones de cuero; despachos gubernamentales, despachos de un estado que controla y al mismo tiempo que juega con el espectáculo de la no visibilidad.

 

Existe también una necesidad de ver. Las cámaras que ocultan (las cámaras ocultas), ya dieron cuenta, actualmente, la presencia masiva del cine snuff. Lo perverso ya no se oculta; lo que era terrorismo es el terror de estado, lo que era clandestinidad ya es hoy aceptado, manejado sistemáticamente. Con una guerra sobre nosotros la necesidad movilizadora de un cambio social es producida por un espectáculo televisivo, un espectáculo de intromisión que apela al control de la subjetividad.

 

Una comedia o, mejor, un juego de sociedad en torno al tema del terrorismo. En seis partes iguales pero básicamente distintas. Mordaz, burlona, con sentimientos y emoción, polémica y caricatura, brutalidad y estupidez, en una atmósfera como de ensueño, como en un cuento de hadas. Como los cuentos de hadas que se les cuenta a los niños para que soporten mejor su vida de enterrados vivos.

 

Este trabajo tratará de dar cuenta, a partir de la película “La tercera generación” (R. W. Fassbinder, 1979) -la temática y su relación con el montaje, el sonido, etc.- de las relaciones que pueden establecerse entre Estado y poder y cómo el espectáculo puede ser ejercido como el poder, actualizándose la frase de Wilde: El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible.

 
 
I. La voluntad de poner una bomba
 
Tú llevas siempre las de perder. (Graffiti encontrado en un baño público de Berlin, en 1979)
 

La historia es la siguiente: por un lado un industrial, por el otro, un policía. Juntos deciden formar una célula terrorista, el primero porque es útil para sus negocios y el segundo para justificar sus actividades represivas.

 

“El mundo como voluntad y como idea”. La frase repetida a lo largo de la película es el leit motiv de la célula terrorista encargada de secuestrar a un alto industrial. Es Schopenhauer el que se encargará de trasmitir, por debajo de la mesa, el código que aunará la fuerzas individuales y grupales del grupo. Es Schopenhauer el que discutirá con el papel aristocrático de uno de sus miembros: Edgar.

 

El padre de Edgar le recrimina a Schopenhauer el hecho de ser muy “negativo”, en comparación con la filosofía de su época, “positiva”,  basada en Hegel, Kant y Nietzsche: “Él considera que la existencia del hombre no es más que la de una piedra. Esto es una estupidez. Los hombres necesitan de las guerras para entender que la existencia no vale lo mismo que la de una piedra". Para decir luego que: “Ahora la gente no sabe para qué vivir, antes no era así... Por eso tiene que haber una guerra en la vida de todos los días, sino corremos el riesgo de perder los antiguos valores humanos”.

 

Esta idea propia de Nietzsche que toma el padre de Edgar podría estar ejemplificada en el capítulo dedicado a “El nacimiento de la tragedia”, en su lectura autobiográfica “Ecce Homo”. Nietzsche confiesa la cercanía existente entre la idea de Heráclito del “fluir y aniquilar”, decisivo en la filosofía dionisíaca (de la que se va a encargar en todo este escrito, determinando la importancia de esta filosofía en la tragedia griega), con su propia concepción filosófica. “El decir sí a la antítesis y a la guerra, el devenir, el rechazo radical incluso en el propio concepto de ser...”, es lo que Nietzsche encuentra en sí mismo.

 

La película, en un punto, propone la idea de que los protagonistas individuales, digamos, los miembros del grupo terrorista, necesitan de valores autoritarios para continuar con su existencia, existencia que desaparecería sin estos valores burgueses basados en el trabajo y la familia. Cada uno de los miembros del grupo tiene un trabajo, una función dentro de la sociedad: secretarias, vendedores de discos, músicos aristócratas, profesores... que sugieren directamente la relación entre dominante-dominado (Jefe/secretaria, padre/hijo, profesor/alumno). Esta paradoja manifiesta en la idea de solidaridad que supuestamente detentan los miembros de grupos revolucionarios entre sí (promovida por los sectores “progresistas”), es en la que Fassbinder se apoya para armar, por ejemplo, la secuencia en la cual ingresan al grupo dos individuos, uno de los cuales lleva en su valija un libro del anarquista ruso  Mijail Bakunin. En esta secuencia, uno de los miembros del grupo descubre este libro en la valija y comienza a leerlo en voz alta. “Nuestro soldado lee Bakunin”, se burla August mientras el dueño del libro se arroja sobre él para recuperar su propiedad, como si le hubiera dado vergüenza que éste haya descubierto sus inclinaciones políticas. August comienza a pasar el libro a otros miembros del grupo, mientras éstos socarronamente leen extractos del mismo que manifiestan la idea anarquista de libertad y solidaridad. ¿Es la sociedad actual (con ciertos resabios posmodernistas), la que verdaderamente perdió los valores básicos que la constituyen? (valores que paradójicamente son los mismos que pregona el más antiguo anarquismo). Fassbinder parece plantear esta idea. Son los propios grupos, las pequeñas sociedades, las que pueden cambiar de alguna forma la macro sociedad, pero esta deformación generada por el poder estatal es la que pervierte estos pequeños grupos, adormeciéndolos, controlándolos. La ironía planteada en esta escena es la piedra fundacional de la estructura del grupo. Un grupo, que de alguna forma, está mostrado con la monotonía de la normalidad de todos los días, una vida cotidiana sin complicaciones, una soledad que crece poco a poco, sueños que desaparecen; todo esto crea la necesidad de “aventura” y “riesgo”, ambos conceptos falsos, inmersos también en el espectáculo cotidiano. Es Debord en su libro “La sociedad del espectáculo”, el que define este concepto: “En el mundo realmente invertido -por el espectacular-, lo verdadero es un momento de lo falso”.

 

Otra escena que manifiesta más intrínsecamente las relaciones entre dominante y dominado, es la escena en la cual una miembro del grupo da una clase sobre la revolución francesa y su repercusión en Alemania. Vemos a la profesora con un pizarrón. Llegamos a leer en él: “1848”, ocupando todo el pizarrón de fondo. La profesora pregunta:

 

Profesora:- Ahora, díganme el significado de la Asamblea Nacional en la Iglesia de San Pablo, Frankfurt, durante Mayo de 1848, en el contexto del desarrollo de la revolución.

Alumno:- Fue políticamente inefectiva, el Parlamento era monárquico. No era posible una república porque la burguesía no tenía el coraje para librarse de la clase dominante. Ellos disfrutaban del poder político que defendían junto a la clase dominante contra la oposición.

Alumno 2:- ¡Típico!, primero quieren la revolución y después tienen miedo de corromper sus valores burgueses.

Profesora:- ¿Cuáles son los valores burgueses?

Alumno 2:- Protección de la propiedad privada, la ley y el orden, respeto a la autoridad, dependencia y ambición. ¿Pero no son estos valores los mismos que se le pueden adjudicar al Tercer Reich?

Profesora:- El alzamiento del Tercer Reich no es el tema de discusión.

Alumno 2:- ¿Porqué la línea puede ser trazada en nuestra moderna sociedad burguesa?... ¿No son los mismos valores burgueses los que se defienden hoy a todo costo, los valores que llevaron a un régimen fascista?

Profesora:- Dije que ese no es el tema, y de todos modos, no lo describiría en esos términos.

Alumno 2:- ¿Eso es lo que nos dijiste que ibas a enseñarnos o es tu opinión personal?

Profesora:- Es mi trabajo trazar relaciones históricas verificables. Mi opinión personal es irrelevante a esta discusión. ¿Entendés?

 

Las relaciones de poder que se pondrán en juego en “La tercera generación” se basan en la construcción de paradojas por montaje, que evidencian su construcción, su mentira.

 
 
II. La tercera interpretación
 

Tengo un pito muy grande. Me presto a todo. Abstenerse s/m. Teléfono 8221705. Urgente. Estoy muy sacado. (Graffiti encontrado en un baño público, en Berlin, 1979)

 
Según palabras de Fassbinder, la tercera generación podría significar:
 

1-  La burguesía alemana desde 1848 hasta 1933

2-  Nuestros abuelos y cómo vivieron el Tercer Reich y cómo lo recuerdan

3-  Nuestros padres, que después del fin de la guerra tuvieron la oportunidad de construir un estado que hubiera podido ser más humano y libre que ningún otro antes, y en qué ha degenerado al final esta oportunidad.

 

Pero también a tres generaciones de terroristas. La primera generación sería la del ’68. La falsedad implícita en este movimiento fue anticipada por la Internacional situacionista en el panfleto/texto repartido un año antes, en 1967 en las instituciones francesas:

 

“... el estudiante no puede rebelarse contra nada sin rebelarse contra sus estudios, y la necesidad de esta rebelión se hace sentir menos naturalmente que en el obrero, que se rebela espontáneamente contra su condición. Pero el estudiante es un producto de la sociedad moderna, al mismo nivel que Godard o la Coca-Cola. Su extrema alienación no puede ser negada más que por la negación de toda la sociedad. Esta crítica no puede hacerse, de ningún modo, sobre el terreno estudiantil: el estudiante, como tal, se atribuye un pseudo-valor que le prohíbe tomar conciencia de su desposesión real y, de esta forma, permanece lleno de falsa conciencia. Pero, en todas partes donde la sociedad moderna empieza a ser contestada, se dan rebeliones de la juventud que corresponden a una crítica total del comportamiento estudiantil.”

 

La segunda, la banda Baader-Meinhof, pasó de la legalidad a la lucha armada y total ilegalidad. Es Lugi Fabbri quién en “Influencias burguesas sobre el anarquismo”, plantea dos puntos en los cuales sostiene su teoría:

 

a) La desmesurada importancia dada a los actos heroicos individuales. La importancia máxima -afirma Fabbri- concedida a un acto de violencia o rebelión, es hija de la importancia máxima que la doctrina política burguesa concede a contados hombres en comparación a la que concede a todo el ambiente social.

 

b) La morbosa complacencia para con todos los actos antisociales, que si bien supuestamente se combaten, en realidad se pregonan, ya que la moral burguesa fomenta actitudes y planteamientos antisociales por excelencia... entre la burguesía halla más gracia -sentencia Fabbri- el asesino que arrebata una vida al consorcio humano que el ladrón que, en último término, nada arrebata al patrimonio vital de la sociedad, cambiando tan sólo el puesto y el propietario de las cosas...

 

Bastante difundida es también la relación que se establece entre anarquismo y violencia (violencia<=>anarquismo), tanto desarrollada por la propaganda burguesa como por ciertos partidos autodefinidos revolucionarios. Es la Baader-Meinhof quien fue catalogada como “anarquista” en aquella época, tanto por la prensa capitalista como la socialista, aunque la organización era de clara base marxista-leninista. Este bombardeo publicitario tuvo su efecto, aceptándose estos calificativos y alertando a la sociedad del supuesto peligro anarquista, adoctrinándola acerca de su supuesta violencia. Son estos los grupos que, al desacreditar ciertos movimientos sociales, promueven el miedo hacia estos, dando cuenta de su propio miedo a una verdadera insurrección social.

 

Según Fassbinder, la tercera generación sería la de hoy (ya acá podríamos trazar un paralelo, entre 1979 y la actualidad, con respecto a las insurrecciones populares), que simplemente actúa, sin pensar, que no tiene ni ideología ni política y que, seguramente sin saberlo, se deja manejar por otros como una pandilla de marionetas. La tesis, bien simple: es el capital el que provoca el terrorismo actual para beneficiarse a sí mismo y al sistema de poder. La política del arte o el arte de la política es algo que Fassbinder toma en cuenta para armar un relato. Un doble relato: por un lado la construcción de una generación y por el otro la deconstrucción de otra, evidenciando, en ambos casos, el procedimiento.

 
 

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