"Los paraguas de Cherburgo" (Jacques Demy, 1964) en la Biblioteca Pública

Es la primera vez que el género musical asomará en El cine por delante. Como responsable del cine-club, admito que es de los escasos géneros cinematográficos que me resultan insoportables y que las dos únicas excepciones que han obrado el milagro de rendirme sin condiciones a él son, por un lado, las obras maestras dirigidas en la década de los setenta por el renovador Bob Fosse (“All that Jazz”, 1979) y las del entrañable director francés Jacques Demy, de quien podremos disfrutar la colosal “Los paraguas de Cherburgo” (1964) el lunes, 9 de mayo, a las 19:00 horas.

Dos hechos diferencian esta película del resto de la mayor parte de los musicales estrenados hasta entonces: por una parte, sin bailes que valgan, es la primera vez en la historia del cine en que todos los diálogos son cantados, adaptados a la inolvidable y bellísima banda sonora que creó el compositor francés Michel Legrand; por otra, “Los paraguas de Cherburgo” utiliza la música incesante no al servicio del escapismo sino de la realidad porque, como dijo su director “es una película contra la guerra, contra la ausencia, contra todo aquello que odiamos y que hace añicos la felicidad”. Es la música y una conmovedora interpretación de Catherine Deneuve y Nino Castelnuovo al frente del reparto lo que hacen la historia aún más desoladora, que no permite la más mínima pizca de sentimentalismo: Geneviève está enamorada de un mecánico. Ambos se prometen amor eterno, pero él debe marchar a la guerra de Argelia al tiempo que ella descubre que se ha quedado embarazada. 

Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, muy pocas películas como “Los paraguas de Cherburgo” son capaces de dejar al espectador con el enorme y doloroso desconsuelo de que la realidad, la vida, puede condenarnos a la sensación de que lo que es sucede es inevitable y sin resquicio alguno para la vuelta atrás, un desconsuelo amplificado por el choque que tiene lugar entre la devastadora historia y los tonos pastel de la impresionante fotografía de Jean Rabier, los elementos -sin excepción- de la puesta en escena y la melancólica banda sonora de Michel Legrand. “Es una película que fluye, como fluye la vida”, se ha llegado a afirmar.

Desde la primera temporada, quise incluir este melodrama cantado, romántico, imperecedero, pero confieso que me acobardaba el hecho de que al acabar la película no pudiera disimular, ante el público asistente, las lágrimas que me provoca siempre que la he visto. Este temor casi egoísta se difuminó cuando hace poco leí esta recomendación del crítico Gérard Lefort, empujándome a programarla: “Mi consejo es que la veáis en grupo o en solitario: es una forma homeopática de provocarse el llanto”. 

Por mi parte, solo me queda animar a aquellos ceutíes a que no pierdan la oportunidad de ver una de las obras más sencillas y bellas hasta el dolor del Séptimo Arte (y, por supuesto, que no olviden el pañuelo por si las moscas...).

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