Viaje a la felicidad de mamá Küsters

(Mutter Küsters Fahrt zum Himmel, 1975)

Dirección: Rainer Werner Fassbinder Guión: Rainer Werner Fassbinder, en colaboración con Kurt Raab Fotografía: Michael Ballhaus (Color, 35 mm, 1.33:1) Montaje: Thea Eymèsz Música: Peer Raben Dirección artística: Kurt Raab Sonido: Wolfgang Hoffmann Producción: Tango Film, München Coste: 750000 marcos Duración del rodaje: 20 días (febrero-marzo 1975) Duración: 103 minutos Fecha de estreno: 2-1-1976

Intérpretes: Brigitte Mira (Mamá Küsters), Ingrid Caven (Corinna), Karlheinz Böhm (Tillmann), Margit Carstensen (esposa de Tillmann), Irm Hermann (Helene), Gottfried John (Niemeyer), Matthias Fuchs (Knab), Armin Meier (Ernst), Kurt Raab, Peter Kern, Gustav Holzapfel, Volker Spengler, Peter Chatel, Vitus Zeplichal, Y Sa Lo, Lilo Pempeit...

Viaje a la felicidad de Mamá Küsters fue el sexto melodrama distanciado de Fassbinder y la brillante culminación de todas las virtudes presentes en sus obras de la etapa 1971-1976: Una simpática mujer madura, Emma Küsters, se queda viuda de repente. Su marido, que trabajaba en una fábrica, reaccionó ante las negras perspectivas de despido matando a uno de sus patrones y suicidándose después. El incidente promete ser un plato jugoso para la prensa sensacionalista: un joven reportero, aprovechando la confianza de mamá Küsters tras haberse ganado los favores de su hija Corinna -joven atractiva que quiere hacer carrera como cantante-, publica un reportaje donde exagera desproporcionadamente los hechos y los detalles de la vida privada de la familia. Deprimida, solitaria y desesperadamente necesitada de calor humano, mamá Küsters se da cuenta de que poco consuelo va a obtener de su apático hijo dominado por su quisquillosa y egoísta esposa o de su hija Corinna que, con tal de ascender como cantante, aprueba todo lo que está ocurriendo. Así las cosas, la viuda acepta de buen grado la amistad que le ofrece una pareja de comunistas, prometiéndole rehabilitar la reputación de su marido. Agradecida, se afilia al Partido Comunista, pero pronto se desengaña al comprobar que quieren utilizarla para fines propagandísticos. Tras esta decepción, la viuda deposita su confianza en Horst Knab, un joven anarquista que parece más dado a emprender acciones eficaces, convenciéndole de que lo acompañe junto a algunos camaradas a la sede del periódico donde trabaja el amante de Corinna para obligarles a realizar una rectificación. Una vez allí, los anarquistas toman el lugar, sacan las armas que llevaban ocultas y exigen la inmediata puesta en libertad de todos los presos políticos de Alemania. Sobre la imagen congelada de mamá Küsters, unos rótulos explicativos dan cuenta de que la mujer caerá abatida por los disparos de la policía durante la posterior intervención policial.

Además del final europeo, existe otro que Fassbinder rodó y que solo permitió que se viera en la exhibición de su película en Norteamérica: el comando anarquista que toma la sede del periódico se retira y mamá Küsters entabla amistad con un honrado conserje que, en lugar de adoctrinarla y utilizarla con fines egoístas, le ofrece comprensión y una invitación a vivir su propio cielo y tierra.

El viaje que propuso Fassbinder con esta obra maestra causó una enorme polémica en Alemania por su sarcástico contenido político (hubo de ser retirada de la competición oficial en el Festival de Berlín por amenazas), su crítica furibunda contra la prensa sensacionalista, y una visión despiadada de la institución familiar. Los críticos de izquierda la atacaron con especial ferocidad, muy disgustados por la imagen provocativa y desencantada que de ellos hizo alguien que consideraban de los suyos. Fassbinder se defendió argumentando que "No se trata de una película sobre los izquierdistas, sino sobre la vida en este país (...) ¡No pude hacerla de otro modo!". Y es que la felicidad hacia la que se encamina mamá Küsters no es otra cosa que la desilusión política y social que desenmascara la ausencia de solidaridad humana, la discrepancia entre las teorías políticas y la práctica de la vida cotidiana, o el egoísmo de las ideologías que se sirve de los problemas del individuo para explotarlos a su conveniencia: los rebeldes comunistas (presentados como intelectuales burgueses que, cafetera de plata en mano, sermonean a los proletarios, a los auténticos trabajadores) y anarquistas (presos de la acción ciega e indiscriminada cuyo único objetivo parece ser llamar la atención mediante la lucha armada) se comportan del mismo modo insensible que la sociedad contra la que se rebelan, compartiendo con la prensa sensacionalista la explotación indolente del sufrimiento ajeno, el mismo desprecio hacia cualquier atisbo de humanidad en su cruzada: "El itinerario de la señora Küsters es un malvado y siniestro juego de la oca, un recorrido en el que se abonará sistemáticamente a las casillas negativas de dicho juego, regresando, cada vez que tira el dado, a la casilla de salida, la del desasosiego y la soledad", afirma acertadamente Yann Lardeau.

La ingenuidad, la pureza de esta antiheroína aferrada a las promesas de todos aquellos que oportunistamente prometen ayudarla con el sueño de convertir su lucha en la de ellos, pone en evidencia que las acciones concretas se diluyen en las vaguedades que ofrecen las generalizaciones de sus interesados benefactores. "¡Hay que hacer algo!", exclama impotente hacia el final, cuando -ya tarde- toma conciencia de que la nobleza de su causa se convierte en un mero pretexto que los demás utilizan en beneficio propio. La lucha, la rebeldía, el grito de "¡Larga vida a la revolución!" quedan reducidos a una simple pose, a una triste caricatura, a una falacia cuando son defendidos de forma colectiva por organizaciones políticas, encontrando únicamente su auténtico sentido en la dispersión de las individualidades. Pocas veces el expresivo rostro de mamá Küsters congelado al final de la película ha reflejado en la historia del cine de forma tan feroz, resignada y desoladora el punto y final de un viaje que comenzó en la esperanza y concluye en la decepción político-social.

¿Y qué decir de su familia, de sus hijos? Amparados en sus razones particulares, no son capaces de ofrecerles consuelo, comprensión o apoyo alguno, siendo por tanto responsables de arrojarla a las fauces de los políticos. Su nuera, que ha hecho del marido un simple pelele, se dedica a conspirar, a oponerse contra todos, a primar sus deseos, a utilizar de excusa su embarazo para alejarse de la presión mediática realizando un viaje en el momento en que mamá Küsters más los necesita o buscando un piso para independizarse. En cuanto a su hija Corinna, al tiempo que aprovecha despiadadamente los acontecimientos para apuntalar su carrera como cantante, es un personaje realmente extraordinario: mezcla de cinismo y franqueza, es la única que tiene clara la hipocresía, la mentira y la crueldad en que se basa esta sociedad (excusa la actitud carroñera de la prensa sensacionalista porque los periodistas se dedican a cumplir con su trabajo y le advierte de que sus benefactores políticos practican simplemente un comunismo de salón). En clara contraposición a su madre, sabe que para sobrevivir y triunfar en esa sociedad ha de convertirse en un distinguido miembro de la misma y actuar de acuerdo a sus reglas. A Corinna se debe precisamente uno de los momentos más deliciosamente expresionistas del cine de Fassbinder, remitiendo en lo estilístico directamente a Josef von Sternberg: aquel en que es presentada en su debut por un antológico maestro de ceremonias como "la hija del asesino de la fábrica".

Para plasmar en imágenes la odisea de su protagonista, Fassbinder se sirvió de una modélica puesta en escena y un sutil empleo del fundido en negro: su cámara se desplaza elegantemente por los estrechos interiores de la vivienda de mamá Küsters, recreando un estilizado y asfixiante universo donde más que nunca los marcos de las puertas, los tabiques y los espejos sirven para reforzar las diferencias que separan y aíslan a unos personajes de otros, los conflictos y los intereses personales que los enfrentan, o la soledad en que se sume la protagonista.

Como punto y final, sería injusto concluir este comentario sin destacar la extraordinaria labor de Brigitte Mira a la hora de crear su mamá Küsters, una actriz madura de gran fuerza dramática y emotividad a quien la mayoría de los directores alemanes no habían asignado más que papeles secundarios.

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